Durante los últimos ocho años, los mexicanos hemos transitado por el pantano de las tragedias. Por eso conviene traer al México actual al dramaturgo que convirtió la ambición, la traición y el miedo en materia universal: William Shakespeare.
Para efectos de esta columna, propongo dividir la historia política de México de los últimos cien años en dos grandes grupos: los presidentes constructores, con sus errores y desaciertos, y los presidentes destructores, también con un inventario abundante de imprudencias, excesos y traiciones. Estos últimos, particularmente a partir de 2018, colocaron su ideología y su afán de poder por encima del régimen republicano.
Los peores presidentes del grupo de los constructores palidecen frente a los dos destructores.
Shakespeare murió hace más de cuatro siglos, pero sus tragedias siguen funcionando como espejos de gobiernos, partidos, empresas e instituciones. Sus personajes todavía caminan entre nosotros: aparecen en los discursos de campaña, en las oficinas públicas, en los consejos empresariales, en los partidos políticos y en las instituciones que atraviesan crisis de legitimidad.
Sus obras no ofrecen recetas para gobernar. Ofrecen algo más valioso: preguntas incómodas sobre la naturaleza del poder y sobre el precio que pagan quienes lo ejercen sin prudencia.
No hace falta conocer toda la obra del bardo de Avon para reconocer que muchos gobernantes y actores políticos pueden estar movidos por el deseo de reconocimiento, la necesidad de controlar a los demás, el temor a ser humillados o desplazados, la sed de venganza, el sentimiento de inferioridad, la ansiedad por demostrar su valor o la necesidad de compensar una pérdida o una carencia.
El dramaturgo de Stratford, atento observador de las debilidades humanas, entendió que el poder suele revelar el mundo interior de quienes lo ejercen. El rey, el conspirador, el heredero o el traidor no actúan únicamente por razones públicas: sus decisiones también están marcadas por pasiones privadas.
La política está hecha por seres humanos complejos, no por figuras completamente racionales. Detrás de una decisión de Estado puede haber una convicción, pero también una herida; detrás de una reforma, una estrategia, y detrás de una alianza, un miedo.
En Macbeth, el anatomista del poder muestra cómo la ambición, cuando se separa de la conciencia y de los límites institucionales, puede transformar el deseo de gobernar en una maquinaria de destrucción.
Macbeth no cae únicamente por querer el poder, sino por creer que puede obtenerlo y conservarlo mediante el miedo, la violencia y la eliminación de todo adversario. Su tragedia sigue presente en cualquier liderazgo que confunda autoridad con control absoluto y lealtad con obediencia incondicional.
La enseñanza para el siglo XXI es clara: ningún proyecto político puede sostenerse indefinidamente sobre la intimidación. El miedo puede producir silencio, pero no genera legitimidad. Puede imponer disciplina, pero no construye confianza.
Un gobierno que necesita perseguir toda crítica termina aislado de la realidad y rodeado de colaboradores que prefieren agradar antes que advertir. Así, el poder deja de recibir información y comienza a recibir únicamente confirmaciones.
Ese peligro aparece también en El rey Lear. El monarca exige que sus hijas demuestren públicamente cuánto lo aman y confunde las palabras más exageradas con la lealtad verdadera. Rechaza la honestidad de Cordelia porque no viene envuelta en halagos y premia la adulación de quienes sólo buscan beneficios. Lear pierde la capacidad de distinguir entre afecto, interés y responsabilidad.
En la política contemporánea, la escena resulta familiar. Hay dirigentes que construyen su entorno con aplausos, encuestas favorables y mensajes diseñados para confirmar sus propias convicciones. Cuando desaparece la crítica, también desaparece la posibilidad de corregir.
Entonces el poder comienza a vivir dentro de una ficción. El gobernante ya no recibe la realidad, sino una versión cuidadosamente editada de ella. Lear enseña que quien no escucha la verdad termina gobernando sobre una imagen falsa de su propio reino.
La obra revela, además, que la autoridad no depende únicamente del cargo. Puede conservarse el título y perderse la capacidad real de conducir. La legitimidad se desgasta cuando las decisiones se alejan de la justicia, cuando las instituciones se utilizan como instrumentos personales o cuando la ciudadanía deja de reconocer en el gobierno una representación de sus intereses.
En Julio César, el gran intérprete de la condición humana explora la relación entre discurso, opinión pública y manipulación política.
Después del asesinato de César, Bruto y Marco Antonio se dirigen al pueblo. Ambos hablan ante la misma multitud, pero organizan las emociones colectivas de manera distinta. Bruto apela a la razón y a la virtud republicana; Antonio utiliza el lenguaje, la ironía y la exhibición del cuerpo de César para modificar la percepción popular.
La lección conserva toda su fuerza en la era de las redes sociales. La política no se decide únicamente mediante hechos, sino también mediante relatos. Quien define el significado de un acontecimiento puede influir en la reacción pública ante él.
Una crisis, una protesta, una reforma o un escándalo adquieren consecuencias distintas según la narrativa que logre imponerse.
Por eso, la ciudadanía necesita algo más que información: requiere capacidad de análisis. El liderazgo político responsable debe comunicar con claridad sin convertir la comunicación en manipulación.
La opinión pública no puede ser tratada como una multitud que se activa mediante el miedo, la indignación o el engaño. Cuando la emoción sustituye por completo a la deliberación, la democracia se vuelve vulnerable frente a quienes dominan mejor el espectáculo.
En Ricardo III, el estratega de la palabra presenta a un político que entiende el poder como una operación de cálculo permanente. Ricardo utiliza la intriga, la apariencia de piedad y la división de sus adversarios para ascender.
Su inteligencia táctica es notable, pero carece de límite moral y de sentido de comunidad. Gana posiciones, pero pierde toda posibilidad de gobernar legítimamente.
Ricardo III representa una advertencia para quienes confunden estrategia con cinismo. La estrategia permite ordenar recursos, anticipar escenarios y tomar decisiones difíciles. El cinismo, en cambio, convierte a las personas en instrumentos y a las instituciones en obstáculos.
Un dirigente puede ser hábil para conquistar el poder y, al mismo tiempo, ser incapaz de ejercerlo con responsabilidad.
Shakespeare también comprendió que las instituciones débiles abren espacio a los personalismos. Cuando las reglas dependen de la voluntad de un individuo, el sistema queda expuesto a sus virtudes y defectos.
Una democracia sólida no puede descansar en la supuesta bondad de un líder. Necesita controles, transparencia, división de poderes y ciudadanos dispuestos a exigir cuentas.
En Coriolano, Shakespeare aborda la tensión entre las élites y el pueblo. El protagonista posee valor militar y orgullo aristocrático, pero desprecia a la población y considera que gobernar consiste en mandar, no en escuchar.
Su incapacidad para reconocer la dignidad política de los ciudadanos termina aislándolo.
La lección también conserva vigencia. El desprecio hacia la sociedad puede disfrazarse de superioridad técnica, de paternalismo o de una supuesta defensa del interés nacional. Pero ningún proyecto político puede sostenerse mucho tiempo si considera a los ciudadanos una masa incapaz de entender, opinar o decidir.
Gobernar no consiste únicamente en tomar decisiones. También implica explicar, escuchar, corregir y reconocer que la autoridad pública no pertenece a quien ocupa temporalmente un cargo, sino a la comunidad que le confía esa responsabilidad.
El clásico que todavía explica la política no fue un optimista ingenuo sobre el poder. Sabía que la política contiene conflicto, ambición y competencia. Sin embargo, sus obras muestran que el poder sin juicio termina destruyendo aquello que pretende conquistar.
La autoridad necesita prudencia; la estrategia, límites; la comunicación, verdad; y la legitimidad, resultados.
En el siglo XXI, sus personajes nos recuerdan que las instituciones no se deterioran de un día para otro. Se debilitan cuando la adulación sustituye a la crítica, cuando la propaganda ocupa el lugar de la deliberación, cuando la ambición personal se disfraza de interés público y cuando la ciudadanía renuncia a participar.
Leer a Shakespeare políticamente no significa buscar equivalencias exactas entre sus personajes y los dirigentes actuales. Significa reconocer patrones humanos que permanecen: el gobernante que no escucha, el asesor que manipula, el adversario que conspira, la multitud que puede ser persuadida y la sociedad que paga el costo de las decisiones tomadas sin responsabilidad.
La pregunta no es si Shakespeare sigue vigente. La verdadera pregunta es si nosotros hemos aprendido algo de sus tragedias.
El poder continúa ofreciendo las mismas tentaciones, aunque ahora disponga de nuevas tecnologías para amplificarlas. Cambiaron los escenarios, los medios y las formas de comunicación; permanecen la ambición, la adulación, el miedo y la tentación de gobernar sin límites.
El maestro de la tragedia sigue hablándonos porque el poder no ha cambiado tanto como creemos. Su gran enseñanza es que ningún poder perdura cuando pierde contacto con la verdad, con las instituciones y con la dignidad de quienes debe servir.
Y cuando un gobierno deja de escuchar, cuando una sociedad deja de exigir y cuando las instituciones dejan de contener la ambición, la tragedia ya no pertenece al teatro: comienza a gobernar la realidad.
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Columnista: Don Damaso |
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