para-que-mexico-no-cruce-el-rubicon-pensemos-por-cuenta-propia

PARA QUE MÉXICO NO CRUCE EL RUBICÓN, PENSEMOS POR CUENTA PROPIA

Es fácil distraernos con la polémica del día. Pero la preocupación ciudadana no debería agotarse en señalar escándalos ni en repetir que “todos son iguales”. La pregunta de fondo es qué país queremos y qué decisiones estamos dispuestos a dejar que otros tomen en nuestro nombre.

Las elecciones del próximo año serán decisivas para la vida pública de México. Sin embargo, muchos conciudadanos parecen mirarlas con distancia, como si la democracia se sostuviera sola y el resultado no tuviera relación con su vida cotidiana. Esa indiferencia también tiene consecuencias: cuando la ciudadanía se retira, el poder encuentra menos preguntas, menos vigilancia y menos límites.

La democracia mexicana no se deteriora de un día para otro. Se debilita cada vez que una excepción se vuelve costumbre, que un contrapeso se presenta como enemigo y que dejamos de exigir explicaciones. 

Cruzar el Rubicón significa rebasar un límite de tal manera que volver atrás se vuelve muy difícil. En una democracia, ese riesgo aparece cuando el poder deja de reconocer límites efectivos y la ciudadanía ya no cuenta con medios suficientes para exigir que los respete.

Por eso, votar no es un trámite ni una adhesión ciega a un partido. Es una decisión ciudadana: comparar propuestas, revisar trayectorias, preguntar y elegir con criterio. También significa mantenerse atento después de la elección, porque la responsabilidad democrática no termina al depositar la boleta.

Para ejercer esa responsabilidad necesitamos pensar por cuenta propia. La libertad de pensamiento es menos visible que otras libertades, pero hace posibles muchas de ellas: antes de hablar, votar o disentir, necesitamos formar una opinión propia.

Pensar libremente no significa tener siempre la razón. Significa poder preguntar sin temor, examinar lo que se presenta como verdad y cambiar de opinión cuando los hechos o los argumentos lo exigen. La libertad intelectual no consiste en aferrarse a una creencia, sino en someterla a prueba.

Esa capacidad se debilita cuando repetimos consignas sin entenderlas, compartimos información sin verificarla o rechazamos cualquier voz distinta como si escucharla fuera una traición. Entonces dejamos de reflexionar y empezamos a reaccionar. Otros terminan diciéndonos qué temer, a quién culpar y qué debemos considerar incuestionable.

La presión no siempre llega como censura. Puede aparecer como burla, descalificación o amenaza de exclusión; también como una corriente de mensajes que confirma nuestros prejuicios y nos evita el esfuerzo de dudar.

Pensar por cuenta propia exige carácter, no para llevar la contra por sistema, sino para no entregar nuestro juicio a cambio de pertenecer.

Una democracia necesita pluralidad de voces y ciudadanos capaces de evaluar lo que escuchan. Sin pensamiento crítico, el debate se vuelve una competencia de lealtades: las propuestas ceden su lugar a las consignas y la rendición de cuentas se confunde con un ataque. Todos pueden hablar, pero la libertad se empobrece si nadie se atreve a cuestionar el discurso dominante.

Defender el pensamiento propio no significa despreciar a los demás. Significa escuchar, contrastar y aceptar que nadie posee toda la verdad. Leer, preguntar, verificar y conversar son actos cotidianos que fortalecen nuestra independencia. En tiempos de certezas fabricadas, dudar con honestidad no es debilidad: es una forma de libertad.

La preocupación por México debe convertirse en participación. Hablemos de las elecciones en la mesa familiar, en el café y entre amigos. Preguntemos qué está en juego, qué propone cada candidatura y cómo podremos exigir resultados. Votemos con información y mantengamos los ojos abiertos después.

Porque cuando la ciudadanía deja de preguntar, el poder encuentra menos límites. Y cuando dejamos de pensar, alguien más piensa por nosotros.



Columnista:
Don Damaso
Vistas:
154

Opiniones Relacionadas