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MÉXICO SE DESANGRA


DON DÁMASO

En diversas conversaciones con personas mayores de 65 años —tengan o no la tarjeta del Bienestar— escuché varias preocupaciones recurrentes. Algunas señalaron que el costo de su seguro médico privado se ha duplicado en los últimos cinco años. Otras hablaron de la creciente dificultad para contar con el apoyo de sus hijos. Un economista de 70 años comentó que el gasto en pensiones representa actualmente el 4.6 % del PIB y que, según sus estimaciones, podría duplicarse hacia 2030.

Las quejas sobre los servicios de salud públicos fueron especialmente sentidas. Incluyeron problemas cotidianos, como el abasto de medicamentos, la aplicación de vacunas y el acceso a consultas médicas, así como temores más graves: qué ocurriría si necesitaran hospitalización y no recibieran a tiempo la atención requerida.

En esas conversaciones encontré una preocupación compartida: el costo de las necesidades que trae consigo el paso de los años recae cada vez más —y con mayor rapidez— sobre sus familias.

También me llamaron la atención los comentarios sobre la sarcopenia que experimentan las personas mayores y sobre los cambios que acompañan el envejecimiento de su sistema inmunológico y circulatorio. La pérdida de músculo y la calidad de su sangre me llevaron a pensar en dos metáforas para describir lo que ocurre en nuestro México lindo y querido.

Un país puede seguir creciendo en número de habitantes y, aun así, empezar a perder la fuerza que necesita para sostenerse. México no se está quedando sin población de un día para otro; atraviesa una transformación más silenciosa: nacen menos niñas y niños, la población envejece rápidamente y, en los próximos años, habrá que sostener servicios, instituciones y un gasto público cada vez más demandante con una fuerza laboral proporcionalmente menor.

La metáfora de la sangre ayuda a expresar esta preocupación. La sangre nueva no es solo la juventud que llega: representa también la preparación, la salud, la energía y las oportunidades que permiten a una generación incorporarse a la vida productiva y renovar el tejido nacional. Si esa sangre no recibe los nutrientes necesarios —educación sólida, capacitación, salud, seguridad, empleo formal y posibilidades reales de progresar—, el problema no está en el valor de los jóvenes. Está en que el país no crea las condiciones para que su potencial circule y fortalezca al conjunto.


Por eso, no basta con entregar recursos y contar beneficiarios. Los apoyos pueden ser indispensables para aliviar carencias y abrir oportunidades, pero deben formar parte de derroteros que conduzcan al aprendizaje, al trabajo y a la autonomía. Una política pública concentrada únicamente en la respuesta inmediata puede atender una urgencia sin resolver sus causas: distribuir recursos sin fortalecer la capacidad de producir, innovar y sostener los servicios públicos.

México necesita algo más que consumo presente: necesita mayor productividad futura. Para lograrla, debe invertir en escuelas que enseñen, formación vinculada con el empleo, infraestructura, salud, cuidados y seguridad. También requiere condiciones para que las empresas crezcan, generen empleos formales y atraigan inversión privada. La productividad no se decreta ni depende únicamente del esfuerzo individual; necesita instituciones que funcionen y oportunidades accesibles para quienes hoy quedan al margen.

La metáfora de la sangre debe apuntar al sistema, no servir para culpar a una generación. Si los jóvenes llegan a la vida adulta sin herramientas suficientes, no son ellos quienes están fallando: es el país el que no ha sabido nutrir, orientar y aprovechar su talento. El desafío consiste en convertir cada apoyo en una posibilidad y cada posibilidad en capacidad para aprender, trabajar, emprender y participar en la construcción del bien común.

En los próximos diez años, México tendrá que fortalecer esa sangre nueva mientras atiende a una población que envejece. Si confunde la política social con la entrega inmediata y deja de lado la educación, la productividad y el empleo, el país puede perder vitalidad sin advertirlo, hasta que sus instituciones y sus finanzas resientan la falta de renovación. Si, en cambio, convierte la protección social en una plataforma para desarrollar capacidades, la transición demográfica puede convertirse en una oportunidad.

México se desangra cuando deja que el talento se desperdicie, cuando administra la pobreza en lugar de reducirla y cuando sacrifica el futuro para comprar tranquilidad momentánea o votos. La salida no consiste en abandonar a quienes necesitan apoyo, sino en ofrecerles mucho más que una transferencia: salud, conocimientos, trabajo digno y una ruta para participar plenamente en la vida nacional. También consiste en ayudar a cada persona a descubrir un propósito y las herramientas para llevarlo a cabo.

México no solo se desangra: también corre el riesgo de sufrir una sarcopenia nacional. Pierde músculo cuando la educación no desarrolla capacidades, cuando la informalidad desaprovecha talento, cuando la inversión no se traduce en productividad y cuando las instituciones dejan de cumplir su función. La sangre nueva necesita nutrientes; el país también necesita músculo: personas preparadas, empresas capaces de crecer e instituciones que conviertan el esfuerzo en bienestar. Sin esas condiciones, la población puede seguir ahí mientras se debilita la fuerza colectiva necesaria para sostener y renovar a México.



Columnista:
Don Damaso
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