Por Manuel Montes de Oca Colín
Cada 12 de julio, México celebra el Día del Abogado, una fecha que invita no solamente a felicitar a quienes ejercen esta profesión, sino también a reflexionar sobre la enorme responsabilidad social que implica portar una cédula profesional y asumir la defensa de los derechos de las personas. Ser abogado va mucho más allá de conocer leyes o acudir a los tribunales. Significa convertirse en la voz de quien no puede defenderse, orientar a quien enfrenta un problema jurídico y procurar que la justicia deje de ser una aspiración para convertirse en una realidad. Detrás de cada expediente existe una historia humana: una familia que busca protección, una víctima que reclama justicia, una persona acusada que exige un juicio imparcial o un trabajador que lucha por el respeto de sus derechos.
Por ello, la Constitución reconoce que toda persona tiene derecho a una defensa adecuada. Este principio ha sido fortalecido por los tribunales federales. Así lo establece la tesis con registro digital 2024695 del Semanario Judicial de la Federación, este criterio recuerda que la confianza entre el abogado y su representado constituye un elemento esencial del derecho de defensa y que ninguna formalidad puede impedir a una persona elegir libremente a quien protegerá sus derechos. De igual manera, mediante la tesis con registro digital 2017158, se aclara una idea fundamental: un abogado no está obligado a garantizar un resultado favorable, porque ningún proceso judicial ofrece certezas absolutas. Su verdadero compromiso consiste en brindar una defensa profesional, diligente, preparada y respetuosa de los derechos de su representado. En otras palabras, la calidad del abogado se mide por la seriedad, la preparación y la ética con la que desempeña su labor, no únicamente por el resultado del juicio.
En una sociedad democrática, la abogacía constituye uno de los pilares del Estado Constitucional. Los abogados contribuyen diariamente a resolver conflictos, promover la cultura de la legalidad, fortalecer las instituciones y construir paz social. Su trabajo permite que las diferencias entre las personas se solucionen mediante el diálogo y la aplicación de la ley, en lugar de la confrontación. Sin embargo, el conocimiento jurídico, por sí solo, nunca será suficiente. La verdadera grandeza de un abogado reside en su integridad. La ética profesional exige actuar con honestidad, lealtad, independencia, responsabilidad y profundo respeto por la dignidad humana. La confianza que la sociedad deposita en los abogados es un privilegio que únicamente puede conservarse mediante una conducta intachable.
En este Día del Abogado, el reconocimiento debe dirigirse a quienes comprenden que ejercer el Derecho no significa ganar todos los casos, sino servir a la justicia con preparación, compromiso y valores. Porque cuando un abogado actúa con ética, no solo defiende a una persona: fortalece la confianza de toda la sociedad en la justicia. La grandeza de un abogado no se mide por el número de juicios que gana, sino por la confianza que inspira, la ética con la que actúa y la justicia que ayuda a construir.
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Columnista: Manuel Montes de Oca |
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