12/Jul/2024
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ROSTROS ITINERANTES de Delfina Careaga. Segunda Parte. Capítulo VII

Fecha de publicación:

ROSTROS ITINERANTES” 

NOVELA ACREEDORA A LA BECA FOCAEM 2012 

(Inspirada en la vida y obra del pintor Felipe Santiago Gutiérrez) 

DE DELFINA CAREAGA

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO VII

Se encontraba en Nueva Orleans. De inmediato Andrés empezó a arreglar todo para su regreso. Actuaba como un joven locamente entusiasmado por lo que cada detalle de su vida le parecía hermoso pero también expectante pues deseaba encontrarse ya en su tierra, específicamente en la ciudad de Querétaro.  Pero el viaje sería largo, el barco iría por toda la costa atlántica de Estados Unidos y eso llevaría semanas enteras. Además, el vapor que debía abordar saldría dentro de diez días. Casi lloró por esa pérdida de tiempo. 

            Decidido a ser fuerte y guardar la compostura, se decidió entre tanto a distraerse visitando los museos de arte. No podía ya comprometerse a ningún trabajo: ni había tiempo ni tenía cabeza para ello. Le escribió a su novia un telegrama informándole de sus preparativos. 

  

            En su paseo, sin pensarlo mucho, entró en una galería de pintores estadounidenses, que ya con anterioridad había visitado. Ahora confirmaba su primera impresión: dichas pinturas representaban en su mayoría el paisaje en todas sus formas, como los panoramas de Robert Fulton. Se trata de la “Escuela del Río Hudson”, que apareció en 1820. Los artistas percibieron que el Nuevo Mundo ofrecía motivos propios y únicos. En este caso, la expansión hacia el oeste de los asentamientos, atrajo la atención de los pintores hacia la belleza trascendente de los paisajes de la frontera. Andrés pudo comprobar lo anterior con Thomas Cole a la cabeza; los pintores del Río Hudson combinaron su gran destreza técnica con el paisaje romántico. Sus pinturas sobre las maravillas de la naturaleza, eran valientes exploraciones visuales de la luz. En la segunda mitad del siglo se había producido una auténtica explosión de cuadros del paisaje nacional en lienzos inmensos con un carácter espectacular. Y buscando, encontró la pintura que caracterizaba a esta escuela, y a sus pintores, como John Frederick Kensett, Frederic Edwin Church y Albert Bierstadt. 

The Connecticut River near Northampton por Thomas Cole, 1836.

  

            Andrés captaba todo. De esta manera calificó los cuadros de George Caleb Bingham como el pintor del medio oeste; y a George Catlin como un especialista en retratar a los indios, ambos artistas procurando mostrar de la manera más fiel posible, el oeste, su gente y, su folclor. También admiró a William Sidney Mountg quien empezó a sobresalir en esta pintura a partir de 1830, motivada, sobre todo, por la creciente ilustración, los periódicos y las revistas, que acostumbraron al público a escenas de la vida cotidiana. 

William Sidney Mount. Dancing on the Barn Floor

            Con la imagen de su novia desconocida (sólo alcanzaba a verla mentalmente con el cuerpo de una joven de pelo largo y negro pero con rostro de niña), se obligaba a salir a distraerse a riesgo de perder la razón por la impaciencia. Así, Andrés María caminaba mucho pasando frente a los teatros. Pasaba también por los cafés cantantes en donde algunas veces entraba para sentirse ignorado por los parroquianos que, sentados a los meses, bebían cerveza y whisky, arrojando grandes bocanadas de humo del tabaco de Virginia, mientras la música soltaba sus chillidos, más que sonidos. Andrés acabó pensando que los norteamericanos tenían un alma infantil: los pianistas manoteaban que daba gusto, el violín rechinaba y el clarinete omitía berridos, porque entre más “ruido”, significaba más calidad musical para los yankees. 

            No obstante su tesón por divertirse, a Andrés le faltaba compañía. Y pronto la encontró el día que fue a otra exposición de pintura. Viendo los cuadros de varios jóvenes pintores que quizá debido a su juventud no merecían la pena, Andrés fue tocado en el hombro. Al volverse, vio a un caballero aún joven, de rostro amable quien, sin parecerse físicamente, le recordó de inmediato a su querido amigo Sánchez Molina. 

            —Disculpe, señor—le hablaba a Andrés con cálida y respetuosa voz—, ¡¿acaso usted es el gran maestro Andrés María Guzmán…?! 

            También Andrés abrió mucho los ojos llenos de una alegre sorpresa. 

            —A sus órdenes. ¡Habla usted castellano! ¿Con quién tengo el placer de comunicarme en mi idioma? 

            El caballero sonrió: 

            —No podía equivocarme. Conozco toda su obra y mi reconocimiento hacia su talento no tiene límites. —Y dándole la mano, añadió—. Y me presento a sus órdenes. Mi nombre es José Rafael de Pombo y Rebolledo. 

            —¡¿El gran poeta colombiano?! —respondió Andrés emocionado. 

            —Le ruego no ofenderse, pero es una hipérbole eso de “gran poeta” —respondió Mota sonriendo. 

            —Entonces sería tan exagerado como llamarme a mí “el gran maestro”, dijo Andrés. 

            —¡Qué fortuna la mía, toparme nada menos con el más famoso de los pintores mexicanos! 

            —¡No menos soy yo el afortunado al conocer en persona a mi poeta colombiano preferido! —y Andrés María también era sincero al decirlo. 

            —Pues si usted y yo tenemos algo en común, es, sin duda, nuestras variadas maneras de “echarnos flores” —dijo Pombo ya riendo, lo que contagió a Andrés quien soltó la carcajada. La verdad, este colombiano era sumamente simpático. 

  

            El mutuo conocimiento de sus obras, les había causado una alegría y un acercamiento inesperados. 

            —Pero no podemos detenernos aquí —añadió Pombo—. ¡Tenemos mucho de qué conversar! Si no ha almorzado, yo lo invito, ¿qué me contesta? 

            La sencillez de José Rafael ganó de inmediato la estimación de Andrés María. Nada más oportuno que encontrar a un amigo en esos momentos de soledad y ansiedad. Era como si hubiera conocido al poeta de toda la vida. Y mucho después, cuando ya habían pasado algunos años, el pintor ratificaría con agradecimiento ésta su primera impresión. 

            Más tarde, en un restorán típicamente “americano” ambos frente a frente se enfrascaban en una charla animada. Cada uno explicó la razón de hallarse tan lejos de su país. 

 

Pombo era nueve años más joven que Andrés.  Escritor, poeta, fabulista, traductor, intelectual y diplomático colombiano, máximo representante del romanticismo en su país y una de las principales figuras de la lírica romántica en lengua española. (Su relevancia en la historia literaria del continente ha quedado parcialmente oscurecida por el éxito de sus fábulas y cuentos destinados al público infantil, que han conservado intactas su frescura y popularidad hasta nuestros días). 

            Nuestro pintor se sintió definitivamente orgulloso y contento con esta nueva amistad. Y los días ya no se hicieron tan lentos para alcanzar la fecha de embarcarse. Ahora, junto con Pombo, el tiempo corría divertido hacia la próxima despedida de los dos amigos. 

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