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Yo contra mí y el primer partido de México

Leobaardo Hernández

Razón y entraña son dos conceptos que convergen en una persona y, considero, se

regulan a través del espíritu. A propósito del mundial y después del primer partido

del tri, dos deseos profundos se reavivaron en mí: que haga su mejor papel y que

fracase catastróficamente, peor que en Qatar.

La última vez que vi una selección más o menos digna fue en 2014; pero, en el

partido donde “jugamos” como siempre y “perdimos” como siempre contra Países

Bajos, me decepcioné notando que el director técnico Miguel ‘Piojo’ Herrera pedía

desesperadamente apretar a la Naranja Mecánica desde la salida y los “ratones

verdes” optaron por defender su golecito que, muy bonito y todo, no sirvió más que

para la estadística.

Confieso que soy futbolero de ocasión. En mí, un adolescente patriotero se siente

representado por la selección como si fuera un ejército que defiende el honor de una

patria; mi otro yo, el que piensa, recuerda que son once millonarios JUGANDO (de

la actual selección, quien percibe el salario más bajo, Gilberto Mora, de Xolos, gana

200 mil pesitos al mes: casi dos millones y medio de pesos al año).

Aunque los jugadores no reciben un salario por los torneos o juegos que disputan

con la selección mayor, la federación mexicana de futbol financia logística, viáticos y

bonificaciones económicas, según sea el caso. Es decir, hablando del mundial, van

a un curso de verano pagado y, aunque pierdan, nunca pierden.

En contraste, la afición compra balones, boletos, playeras, suscripciones (quien

quiere ver todos los juegos de la copa), muchas veces corriendo con gastos que no

pueden solventar ni con su sueldo. No en pocas ocasiones hay quien saca la mejor

televisión a crédito para vivir una experiencia futbolera “única”.

Mi anhelo de que la “salación nacional” fracase tiene relación con esto: para ver si

los seleccionados ya sacan algo de coraje, aunque sea por dinero, y si la gente ya

deja de seguir a un equipo menos que mediocre dándole tanto dinero y hasta su

salud mental. Muchos estudios muestran el impacto negativo de las derrotas de un

equipo en su afición.

El neurólogo Víctor Manuel Rodríguez Molina, de la Facultad de Medicina de la

UNAM, en una entrevista de UNAM Global publicada el 22 de mayo de este año,

revela “los humanos tenemos un circuito de recompensa y éste se va a alimentar

por cosas que son placenteras o que nos hacen sentir bien o que queremos seguir

experimentando. En el caso del futbol, este circuito se nutre cuando nuestro equipo

gana. Sin embargo, cuando nos marcan un penal, una expulsión o perdemos, éste

decae”.

Irónicamente, para los aficionados, un partido no es solo un juego. “Vienen los

sentimientos de impotencia y de tristeza, pero también la ira, y esto combinado


puede desembocar en agresiones a otras personas u objetos. Cuando permitimos

que los sentimientos negativos nos dominen, decimos que la emoción se transformó

en una conducta”, describe el académico. Éste es el riesgo de no tener otra salida

emocional, sobre todo para quienes afirman que “el futbol es su vida”.

La selección mexicana en específico es una empresa que, entre más chafa,

mayores ganancias genera. Me pregunto ¿no sería más lucrativa una selección

ganadora que una decadente? Mi hipótesis es que no, y tiene que ver con una

extraña cultura empresarial de poca responsabilidad si la ganancia es segura,

fomentada además por la corrupción. Una selección ganadora requiere compromiso

y ética.

Los grandes empresarios en México no son emprendedores. No pretendo

generalizar, hay quienes tienen la capacidad de innovar en un sector económico y

formular la estrategia exitosa; y hay quienes, como es el caso de Claudio X

Gonzalez Laporte, Germán Larrea, Ricardo Salinas Pliego o Carlos Slim Helú, han

han recibido “una ayudita” de papá o papá gobierno.

Un caso elocuente es el de María Aramburuzabala, quien en cuanto pudo presidir

Grupo Modelo, que fue de su familia desde su fundación en 1925, vendió la mayor

parte de las acciones en 2013 a la cervecera belga Anheuster-Busch InBev. Así es:

parte de lo que pagas por tu Modelo Especial con la que ves un partido de México

se va al viejo continente. María sigue ganando, pero no es responsable en su

totalidad de la empresa. Esto no es ningún crimen, pero sí muestra lo que es la

iniciativa privada en México: comerciantes a gran escala que hacen negocios

porque pueden.

Para regresar al tema, el éxito comercial de la “verde” no radica en una realidad

ganadora, sino en la expectativa, en la ilusión, en inflar a figuritas más o menos

talentosas de las que hay otros 50 jugando en Europa y otros 20 en Sudamérica.

Ningún jugador ha estado ni cerca de igualar a Hugo Sánchez o Rafael Márques,

aunque nos vendan al “Chichadiós" y, en últimos tiempos, a Raúl Jiménez, quien

acaba de hacer su primer gol en un mundial… después de participar en 3. Luis

Hernández, “El matador”, Rafael Márquez (siendo defensa central o mediocampista)

y el propio “Chicharito” son los máximos anotadores en mundiales con 4 goles. Y

sólo Luis Hernández pudo realizar tal proeza en un torneo, Francia 1998.

Quisiera profundamente que el canterano americanista, Raúl Jiménez, sólo en este

mundial, iguale el récord de 52 “pepinos” anotados por Javier Hernández con la

selección nacional (le faltan 6); y también que no lo haga, como parece que será.

En fin, tras la exhibición del equipo mexicano en el partido inaugural de este 11 de

junio, quedó de manifiesto lo de siempre: tiene potencial para arrollar a rivales

endebles y competir contra oponentes jerárquicos, y que al conjunto “nacional” le

vale un rábano. Por fortuna, tengo la fe depositada en muchos otros lados, y con

esto puedo cerrar diciendo: ¡al carajo la selección! ¡Que viva el verdadero México!


Columnista:
Leobardo Hernández
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