La historia de Lázaro Hernández López, fotógrafo de la Dirección General de Comunicación Social Universitaria de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMex), va más allá de una sólida trayectoria profesional: en ella hay una mirada, una forma de entender el mundo que comenzó mucho antes de que sostuviera por primera vez una cámara fotográfica. Su vida, como él mismo la define, es una fotografía contrastada: luces intensas, sombras profundas y una constante búsqueda de sentido.
Nació en 1971 en la Delegación de San Mateo Otzacatipan, pueblo originario de la ciudad de Toluca, capital del Estado de México, en la casa de sus abuelos y con la asistencia de una comadrona, como era costumbre en aquellos años. Su infancia transcurrió sin aulas de preescolar, pero rodeado de una riqueza que marcaría su sensibilidad para siempre: la naturaleza.
“Aprendía de lo que veía”, recordó. Y lo que veía era vasto: cielos abiertos, nubes cambiantes, insectos diminutos, flores vibrantes. Mientras otros niños comenzaban su educación formal, él se sentaba a observar, a pensar, a sentir. Aquella contemplación silenciosa sería, sin saberlo, su primera escuela visual.
Del campo a la ciudad: el contraste que marcó su carácter
Entonces, el encuadre cambió abruptamente. A los seis años dejó el campo para trasladarse a la ciudad. De la libertad de los sembradíos pasó a la estrechez de dos habitaciones en la Colonia 'Las Américas', muy cerca del Edificio de Rectoría de la UAEMex, donde convivió con una familia extensa.
Sin embargo, el contraste no fue solo físico, también emocional. Además, en la escuela primaria enfrentó la discriminación. Su origen rural lo volvió blanco de burlas. “Me decían que era de pueblo, indígena”, relató.
A esto se sumaron carencias económicas y episodios de desnutrición que dificultaron su aprendizaje. Durante un tiempo, se sintió rezagado, ajeno, incluso inferior. Pero esa incomodidad sembró otra semilla: la necesidad de aprender. De no quedarse atrás.
Así, comenzó a leer, a interesarse por todo, a formarse por cuenta propia. La adversidad no lo detuvo; lo empujó. Como hijo mayor de cinco hermanos, pronto entendió que la vida también exigía responsabilidad. Y en ese proceso, apareció una de sus primeras pasiones: la lucha libre.
Entre máscaras y caídas: la lucha libre como escuela de vida
Influido por su padre, quien pasó de ser albañil a reportero gráfico y luchador, Lázaro creció entre arenas, máscaras y entrenamientos. La lucha libre fue, para él, disciplina y reto.
Su complexión delgada contrastaba con la fuerza de sus compañeros, pero eso no lo detuvo. “Si alguien hacía algo difícil, yo lo hacía”, dijo. Se exigía al límite, resistía golpes, caídas, agotamiento. Fue réferi en sus inicios y luego luchador bajo la identidad de personajes como Arlequín y Virus. El ring le enseñó a no rendirse, a levantarse, a enfrentar el miedo. Pero también le mostró sus límites. Y aunque la lucha lo apasionaba, la vida tenía otros planes él.
Una cámara como destino inesperado
La fotografía llegó a su vida por necesidad. En su hogar faltaban recursos y, siendo el mayor de los hermanos, decidió trabajar. A los 18 años abandonó sus estudios en el Plantel 'Dr. Ángel María Garibay K.' de la Escuela Preparatoria de la UAEMex y aceptó una oportunidad laboral como reportero gráfico, aun sin saber usar una cámara fotográfica.
Su primer encargo fue una prueba de fuego: cubrir una gira del presidente de la república, entonces Carlos Salinas de Gortari. Aprendió lo básico en cuestión de minutos, en una gasolinera, antes de llegar al evento. Aun así, logró capturar imágenes cercanas, intuitivas. Había algo en su mirada que no se enseñaba: una sensibilidad para encuadrar la realidad.
Desde entonces, no se separa de una cámara. La fotografía se convirtió en su lenguaje, en su oficio y en su forma de entender la vida. Descubrió que una imagen no solo documenta: también transmite.
Aprender mirando: el instinto detras del encuadre
Por eso, cuando retrata personas, busca algo más que el gesto. Busca la emoción. “En la mirada está todo”, afirmó. El enojo, la tristeza, la pasión. Para él, el verdadero reto no es capturar un rostro, sino revelar lo que hay detrás.
Su curiosidad lo llevó también a explorar lo pequeño: la macrofotografía, los detalles, las texturas. Una piedra, una sombra, la corteza de un árbol. En esos elementos encuentra calma, belleza y memoria. Es, de alguna forma, un regreso a su infancia, a ese niño que observaba el mundo con asombro.
A lo largo de los años, su trabajo lo llevó a recorrer distintos espacios: medios periodísticos, instituciones públicas, eventos políticos, eventos deportivos y nota roja.
Fotografiar desde el riesgo: la emoción de las alturas
Vivió experiencias que nunca imaginó: viajar en avión, documentar desde helicópteros, capturar imágenes en condiciones de riesgo. Una de las más intensas fue la fotografía aérea. Cuando aún no existían los drones, con un arnés sujeto a la cintura y medio cuerpo fuera del helicóptero, a cientos de metros de altura, debía encontrar el encuadre perfecto mientras la nave se movía. “Son emociones muy fuertes”, reconoció. Pero también, momentos que le recordaban algo que había dicho a su madre cuando era niño: quería un trabajo que no fuera aburrido. Y lo consiguió.
La UAEMex como hogar y universo visual
En 2001, su historia tomó un rumbo definitivo. Fue invitado a integrarse a la Universidad Autónoma del Estado de México. Aceptó sin dudarlo. Para él, la universidad no era solo un espacio laboral: era un lugar que desde niño le inspiraba admiración. Ahí encontró su escenario ideal.
“La universidad tiene de todo”, dijo. Ciencia, arte, cultura, deporte. Cada día ofrece nuevas historias, nuevos rostros, nuevos retos. Para un fotógrafo, es un universo inagotable. Pero más allá del trabajo, encontró pertenencia.
Después de 25 años de trayectoria laboral, la Máxima Casa de Estudios mexiquense es parte de su vida. Cada mañana, aseguró, se levanta con entusiasmo. Cada evento es una oportunidad para mejorar.
Del rollo al píxel: adaptación y liderazgo tecnológico
Sus primeros años en la UAEMex coincidieron con una transformación clave: el cambio de la fotografía análoga a la digital. Lejos de resistirse, Lázaro decidió adelantarse. Aprendió desde cero, muchas veces quedándose en su espacio de trabajo hasta la madrugada para entender cámaras, computadoras, procesos.
Impulsó la transición tecnológica en el Departamento de Fotografía de la entonces Oficina del Vocero de la Autónoma mexiquense, convencido de que la fotografía debía evolucionar. Su esfuerzo no solo fue técnico, también formativo: construyó una nueva forma de trabajar, más ágil, más inmediata.
Familia, sacrificio y legado
Esa misma entrega se refleja en su vida personal. Su familia ha sido testigo de su pasión, pero también de sus sacrificios. Reconoce que ha dedicado muchas horas al trabajo, a veces en detrimento del tiempo en casa. Sin embargo, su esposa e hijos han acompañado su camino.
Sus hijos, Diego y Ángel, ambos universitarios, representan uno de sus mayores logros. Él, ya en la edad adulta, estudió la preparatoria. No pudo concluir una licenciatura, pero ha procurado que ellos sí lo hagan. Su hijo mayor, incluso, cursa una segunda carrera. Para Lázaro, eso es motivo de orgullo. “Ellos han aprovechado la oportunidad”, dijo.
A lo largo de su vida, también ha enfrentado momentos difíciles. La separación de sus padres, la responsabilidad temprana, etapas de confusión en su juventud. Hubo años en los que, admitió, se sintió perdido, atrapado en pensamientos negativos, pero encontró formas de salir adelante.
El deporte, especialmente correr, se convirtió en su refugio, en su forma de ordenar la mente, de tomar decisiones, de volver al equilibrio. Aprendió que equivocarse es parte del camino. Que caer no es el problema, sino no levantarse. Que la vida exige decisiones, incluso las más difíciles. Una de ellas la tomó siendo muy joven, a los 19 años: reunir a sus cuatro hermanos y vivir juntos, lejos de los conflictos familiares. Fue un acto de responsabilidad y amor que lo marcó profundamente. Lo convirtió, de algún modo, en figura paterna antes de tiempo.
Hoy, al mirar atrás, entiende que cada experiencia, buena o mala, ha sido parte de su formación. En la UAEMex, ese recorrido se traduce en algo más que fotografías. Se traduce en vínculos, en afecto, en reconocimiento. Compañeros, docentes y estudiantes lo saludan, lo abrazan, celebran su presencia. No es casualidad. Es el resultado de años de trabajo, respeto y cercanía. “Me gusta tratar bien a la gente”, dijo con sencillez.
Si la vida de Lázaro Hernández López pudiera resumirse en una imagen, sería, como él mismo afirma, contrastada. Con momentos oscuros, sí, pero también con una luz persistente que siempre termina imponiéndose. Y si tuviera que ponerle un título a su historia, no lo duda: “La vida vale la pena vivirse”. Una frase que no es solo declaración, sino experiencia. Porque no solo ha fotografiado la vida: la ha enfrentado, la ha aprendido y, sobre todo, la ha sabido mirar.
(Foto: Especial Portal)
|
Categoría: Sociedad |
Etiquetas:
No hay etiquetas asociadas a éste artículo. |
Vistas: 130 |