Hay mujeres que existieron hace miles de años y que, sin embargo, siguen caminando entre nosotros. Una de ellas se llama Mnemósine.
Los griegos antiguos le dieron un nombre que significa memoria y la imaginaron como una Titánide: hija de Gea y Urano, perteneciente a una generación anterior a los dioses olímpicos. Pero le dieron también una tarea inmensa: recordar. Antes de que los hombres pudieran confiarlo todo a los libros, la memoria era la casa donde sobrevivían las historias, los nombres, los poemas y los acontecimientos.
Y de ella nació algo todavía más extraordinario. Mnemósine fue madre, junto con Zeus, de las nueve Musas: Calíope, Clío, Erato, Euterpe, Melpómene, Polimnia, Talía, Terpsícore y Urania. La tradición cuenta que Zeus permaneció con ella durante nueve noches y que de esa unión nacieron las nueve divinidades que presidirían la poesía, la música, la historia y las artes.
Piénsenlo un momento. La Memoria fue la madre de las Musas. No es una metáfora pequeña.
Significa que, para los antiguos, ninguna creación podía nacer de la nada. Antes de la poesía estaba el recuerdo. Antes de la historia, la memoria. Antes de la palabra que permanece, alguien tuvo que guardar aquello que no debía desaparecer.
Y quizá por eso Mnemósine ha sido injustamente olvidada. Qué paradoja. La madre de las Musas es una de las mujeres menos recordadas de la mitología.
Yo quise devolverle su lugar.
Cuando comencé a escribir la historia de Remedios Albertina Ezeta para mi libro Mamá Mellos, comprendí que necesitaba a alguien que pudiera caminar por el tiempo. Alguien que pudiera entrar en una casa, mirar una chimenea, tocar una carta y hacer que el pasado volviera a respirar.
Entonces apareció ella. La Señora Memoria. No es un fantasma. No es exactamente Mnemósine. Es mi criatura literaria. La inventé a partir de aquella antiquísima Diosa porque necesitaba una mujer que supiera algo que todos nosotros olvidamos: que el pasado no está muerto. Está esperando que alguien lo recuerde.
En Mamá Mellos, la Señora Memoria llega hasta Remedios Albertina. La encuentra ya mayor, frente a su chimenea, rodeada por las cartas de otras mujeres. Y entonces comienza el viaje. Porque recordar no significa solamente mirar hacia atrás. Recordar es volver a darle existencia a aquello que amamos.
Una mujer puede morir. Un hombre puede morir. Una generación puede desaparecer. Pero mientras alguien conserve su nombre, su voz, sus actos y sus dolores, no habrá desaparecido completamente.
Por eso la Señora Memoria será, en mi libro, una protagonista escondida.
Ella conoce lo que ocurrió antes de que Remedios Albertina naciera. Conoce las voces de las mujeres que llegaron antes. Escucha a Sor Juana, a Leona Vicario, a Laura Méndez de Cuenca. Las pone a conversar, aunque jamás pudieron haberse sentado juntas.
Y también mira a Remedios Albertina. Porque quizá ésa sea la verdadera misión de la memoria: hacer conversar a quienes el tiempo separó. Hay algo que me conmueve profundamente de Mnemósine. Ella no es solamente la madre de nueve mujeres extraordinarias. Es la madre de aquello que permite que una mujer pueda dejar huella.
La poesía necesita memoria. La historia necesita memoria. La música necesita memoria. La inteligencia necesita memoria. Y también necesita memoria una familia. ¡Y el mundo entero!
Por eso he querido que mi libro tenga una Señora Memoria. Porque Remedios Albertina no debe morir el día en que termine el libro. Debe quedarse. Debe seguir hablando. Debe seguir siendo escuchada. Y quizá ésa sea la razón más profunda por la que escribimos: para despedirnos de lo que no queremos perder.
Yo no sé si los antiguos griegos imaginaron alguna vez que Mnemósine pudiera sentarse junto a una chimenea en Toluca. Pero yo sí lo imaginé. Y allí está. Vieja y eterna. Callada y sabia. Con las manos llenas de nombres. Esperando que alguien abra una carta. Esperando que el volcán se llene de nieve.
La Señora Memoria ha llegado a mi libro para recordarnos que olvidar también puede ser una forma de morir. Y que recordar, a veces, es una forma de volver a nacer.
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Columnista: Gilda Montaño |
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