Alejandro Montero
Todo comenzó con una pregunta sencilla, de esas que parecen pequeñas, pero se quedan dando vueltas en la cabeza: ¿por qué el río del pueblo ya no era el mismo?
Durante muchos años, el río fue parte de la vida cotidiana. No era solo agua que pasaba, era un lugar donde las personas se encontraban. Ahí los niños aprendían a nadar, los adultos pescaban para la comida y las familias se reunían para pasar la tarde cuando el sol era fuerte. El río estaba presente en la infancia de muchos y formaba parte de la identidad del pueblo.
Con el paso del tiempo, el río empezó a cambiar. El agua ya no era clara, tenía un color oscuro y un olor extraño. Las personas dejaron de visitarlo poco a poco, como si se hubieran puesto de acuerdo sin decir nada. Nadie daba una explicación clara de lo que estaba ocurriendo, y por eso surgió la necesidad de investigar qué había pasado.
Para comprender cómo y por qué el río llegó a ese estado, a través de recuerdos, testimonios y observaciones del propio entorno, el primer paso fue hablar con las personas más antiguas del pueblo. Don Ernesto, quien ha vivido toda su vida cerca del río, recordó que antes el agua era limpia y se podía ver el fondo sin dificultad.
—El río se movía libre —decía—. No estaba cargado de cosas extrañas como ahora.
Según él, el problema comenzó cuando se empezaron a construir fábricas y desagües en zonas cercanas. Aunque no sabía exactamente qué se arrojaba al agua, sí notó que los peces comenzaron a desaparecer y que el río dejó de verse saludable.
También platicamos con la señora Marta, quien durante muchos años lavó ropa en la orilla del río. Ella contó que un día el agua le causó ardor en las manos, algo que nunca le había ocurrido antes. Desde ese momento, decidió no volver.
Además de los testimonios, consultamos fotografías antiguas en la biblioteca del pueblo. En ellas se observaba un río lleno de personas, risas y actividades. Al compararlas con imágenes actuales, el cambio era evidente: el lugar estaba vacío y el río parecía abandonado.
Por último, acudimos a la municipalidad para obtener información. Aunque no se dieron respuestas detalladas, se confirmó que no existía un control constante sobre lo que se arrojaba al río. Esto permitió entender que el problema no apareció de repente, sino que fue creciendo con el tiempo debido al descuido.
El deterioro del río fue un proceso lento, causado por la falta de atención y responsabilidad. Durante años, las personas ignoraron las señales de daño, hasta que el problema se volvió imposible de ocultar.
Sin embargo, también descubrimos que todavía existe interés por recuperar el río. Un grupo de jóvenes del pueblo ha comenzado a limpiar pequeñas áreas, con la esperanza de que el río pueda mejorar poco a poco.
El río sigue ahí, esperando ser cuidado nuevamente.
*Estudiante de Arquitectura y Derecho, activista y miembro del Colectivo Estudiantil Prometheús
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Columnista: Colectivo Estudiantil |
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