Poniendo las cartas sobre la mesa
En mi artículo anterior, Volver a Ítaca, hablé del lugar al que queremos regresar como sociedad: un país con seguridad, confianza, dignidad y capacidad para resolver sus problemas.
Ahora toca hablar de Troya.
No porque haya sido un error comenzar por Ítaca, sino porque primero necesitamos saber hacia dónde queremos ir. Después podemos preguntarnos qué peligros podrían impedirnos llegar. Ítaca es el horizonte. Troya es la advertencia.
Entre las dos historias aparece una tarea muy concreta: imaginar el país que queremos y aprender a cuidarlo.
Cuando el peligro parece un regalo.
El caballo de Troya sigue siendo una de las imágenes más ilustrativas para entender cómo funciona el poder. Los griegos no entraron a la ciudad lanzando un último ataque. Entraron escondidos dentro de un regalo que los troyanos decidieron aceptar.
Ahí está la fuerza de la historia: los mayores peligros no siempre llegan con rostro amenazante. A veces se presentan como una solución rápida, una promesa de protección, una oportunidad, una innovación o una forma de pertenecer.
En nuestros días, el caballo puede tener muchas formas: Una plataforma gratuita que, a cambio de comodidad, obtiene nuestros datos, nuestros hábitos y nuestra atención. Un discurso político que promete resolverlo todo de inmediato, pero exige debilitar las leyes, los controles y la pluralidad.
Un modelo económico que ofrece crecimiento rápido y deja la factura ambiental, laboral o social para después. Una campaña de desinformación que busca provocar miedo, enojo, polarización y resentimiento antes de que tengamos tiempo de revisar los hechos. Una red criminal que ofrece empleo, protección o ayuda allí donde el Estado ha dejado un vacío.
El problema no siempre está en lo que se ve. Muchas veces está en lo que no se pregunta.
El cansancio también abre puertas.
Los troyanos llevaban años de guerra. Estaban cansados. Cuando vieron que los griegos se retiraban, quisieron creer que el peligro había terminado. Ese deseo de descansar les impidió mirar con cuidado el regalo que tenían frente a ellos.
Algo parecido ocurre en la vida pública. Una sociedad agotada puede confundir una tregua con una solución. Puede adoptar un discurso apaciguador como si fuera una prueba. Puede confundir una victoria electoral con una autorización para hacer cualquier cosa.
La complacencia precede a la caída.
Cuando la gente está cansada de la inseguridad, de la corrupción, de la falta de oportunidades o de las promesas incumplidas, cualquier salida rápida puede parecer atractiva. Precisamente por eso debemos conservar la capacidad de preguntar, revisar y escuchar a quienes advierten un riesgo.
La esperanza no debe cancelar la prudencia. Podemos desear la paz, el desarrollo y la estabilidad sin aceptar a ciegas todo lo que se nos presenta como una solución.
Escuchar antes de que sea más tarde.
Una sociedad libre necesita personas e instituciones capaces de decir: “Esperemos. Revisemos. Hay algo que no está bien”.
Para eso hacen falta: Medios de comunicación libres, capaces de investigar sin miedo; instituciones técnicas independientes que midan y expliquen lo que está ocurriendo; y, por supuesto, una oposición responsable, que critique sin destruir por sistema.
Universidades, organizaciones civiles y ciudadanos dispuestos a preguntar y comprobar; votantes que la curiosidad y la incertidumbre les acompañe; funcionarios, empresarios y líderes sociales que puedan advertir un peligro sin ser castigados por hacerlo.
Escuchar una advertencia no significa estar en contra de todo. Significa tener la madurez de revisar una decisión antes de que sus consecuencias sean irreversibles.
El caballo de Troya en México
En México, el caballo de Troya no siempre entra por la fuerza. A veces encuentra una puerta abierta por el cansancio, la decepción o la apatía.
Entra cuando una sociedad prefiere creer antes que comprobar; cuando acepta una promesa porque necesita esperanza; cuando deja de preguntar por comodidad y cuando piensa que advertir un peligro equivale a ser enemigo del cambio.
El peligro no siempre golpea la puerta. A veces pide permiso, llega envuelto en un regalo y entra por una puerta que nadie se tomó el tiempo de cerrar.
Por eso necesitamos esperanza, pero también memoria. Confianza, pero también atención. Liderazgo, pero también personas capaces de levantar la voz cuando el país se acerca a una zona de riesgo.
Entre Troya e Ítaca
El mito no nos invita a vivir desconfiando de todo. Nos invita a mirar mejor. Ítaca representa el país al que queremos volver: un país seguro, digno, ordenado y capaz de ofrecer oportunidades. Troya nos recuerda que ese regreso no será posible si aceptamos cualquier promesa sin revisar su contenido.
Defender a México, a nuestro estado o a nuestro municipio también significa cuidar sus instituciones, sus datos, su economía y su conversación pública. Significa reconocer que una comunidad no se protege únicamente con fuerza, sino con memoria, información veraz y capacidad para escuchar y debatir.
Primero debemos saber a dónde queremos volver. Después, aprender a reconocer aquello que podría impedir nuestro regreso.
Ítaca es el destino. Troya, la advertencia. Y la prudencia es el camino que las une.
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Columnista: Don Damaso |
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