El México actual que experimentamos entre la ira y la risa; se asemeja a una travesía que, sin ser igual a la de Odiseo, comparte su pregunta decisiva: ¿cómo se vuelve a casa cuando el camino ha dejado heridas, cansancio y desconfianza?
Si bien no teníamos los mejores gobiernos, tampoco debemos de tolerar a los peores gobiernos. Hoy que ha retomado el vuelo la Odisea de Ulises, se antoja enmarcar estos tiempos en la travesía de un héroe, los mexicanos debemos ponernos la capa de héroes para recuperar a nuestro país.
Ítaca no era para Odiseo una nostalgia cómoda. Era el lugar donde tenía sentido su nombre, donde lo esperaban Penélope, Telémaco y una responsabilidad que no podía delegar. Su retorno no consistía en recuperar un palacio, sino en restaurar el orden de una casa que, durante su ausencia, había sido ocupada por el abuso, la insolencia y el desprecio de las reglas.
México también necesita volver a su Ítaca. No a un pasado idealizado, sino a un acuerdo elemental de convivencia: una calle donde se pueda caminar sin miedo; una familia que encuentre atención médica sin humillación; una joven que no tenga que migrar para imaginar un porvenir; un comerciante que no vea su trabajo sometido a la extorsión; una institución que atienda responda y corrija. Una ciudad que no se mida por sus baches sino por el tiempo que una persona tarda en llegar segura a su destino.
Los monstruos de nuestro tiempo no habitan cuevas ni estrechos marinos. Tienen otros rostros: crimen organizado, corrupción, impunidad, desigualdad, captura institucional y violencia normalizada. Su fuerza no proviene sólo de las armas o del dinero, sino de la resignación que producen. Cuando una sociedad comienza a pensar que nada puede cambiar, el monstruo ya ha entrado en casa.
Odiseo no vence exclusivamente por fuerza. Lo distingue la metis: una inteligencia práctica que observa espera, se adapta y decide en el momento justo. Esa inteligencia hace falta en la vida pública. Menos gestos grandilocuentes y más lectura del territorio; menos promesas que buscan aplausos y más prioridades que puedan verificarse; menos confrontación estéril y más capacidad de escuchar, organizar y resolver.
Pero la astucia sin límites puede degenerar en engaño. Por eso la lección de la Odisea no es celebrar al político hábil, sino exigir que la inteligencia se ponga al servicio del regreso: del bien común, de la dignidad y de la paz. Gobernar no es imponerse sobre los otros; es crear condiciones para que la gente pueda vivir con seguridad, trabajar, confiar y proyectar el futuro.
Penélope también tiene algo que decirnos. Mientras los pretendientes consumían los bienes de Ítaca, ella resistía con paciencia y estrategia. Tejía de día y destejía de noche. Su ejemplo recuerda que hay tareas públicas que no caben en una campaña ni producen resultados instantáneos: reconstruir policías, profesionalizar ministerios públicos, mejorar escuelas y hospitales, cuidar el agua, recuperar barrios y formar servidores públicos capaces.
Telémaco, por su parte, representa a una generación que debe dejar de ser espectadora. Su viaje no comienza con certezas, sino con una pregunta por su padre, por su casa y por la responsabilidad que le corresponde. México necesita jóvenes con oportunidades, sí, pero también con espacios reales para participar, aprender, emprender, servir y exigir cuentas.
La peor amenaza para Ítaca no venía de afuera. Estaba instalada en el palacio. Esa advertencia sigue vigente: ningún país se reconstruye si tolera que los privilegios, la opacidad y el abuso se disfracen de normalidad.
La Odisea termina cuando la venganza cede ante la paz. Esa es su enseñanza más exigente. México no necesita una política dedicada a prolongar el conflicto, sino una voluntad pública capaz de restaurar reglas, reconocer errores y producir resultados.
Volver a Ítaca, hoy, significa recuperar lo común. No con nostalgia ni con discursos heroicos, sino escuchando, organizando y resolviendo con evidencia.
No toda mano se gana de inmediato.
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Columnista: Don Damaso |
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