El lugar que ocupas está ahí:
en el encendedor que no tiene gas para prender el boiler,
en la gota de agua helada que cae por mi espalda a las 6:45 de la mañana.
En el centro del botón del cuello de la camisa
que me asfixia en la oficina,
en el ganchillo del brasier que me contiene de 8 a 5.
En el aliento a café Legal de la jefa
al preguntar si una paciente o una doctora está buena.
En los 20 pesos del pastel de Clara,
en la michelada de Wings Army por el compromiso de Rosa.
Estás en el píxel de la que dejó a la jefa
quitarle la camiseta para ver si la tenía bien puesta.
En el tripié del fotógrafo que tambalea
porque le negaron el aumento.
En el hastío del artista que debe retocar fotos de partos y cesáreas.
En la primera media hora del lunes
cuando la jefa regaña al equipo
y minutos después toma una foto en la que tagea #Lovemyjob.
En el topic cluster del campo semántico salud femenina.
En los 700 caracteres que describen qué es el vph.
En la posibilidad de la que pudo prevenir el cáncer.
En la incomodidad de Daniela al mirar un puntito de vida en el ultrasonido.
En el DIU que le regalaron a Normita por sus quince
para evitar la suerte de Daniela.
En el traje quirúrgico que la enfermera entrega a su amante
para el parto del miércoles.
En la sensación aterradora del bebé que da su primera bocanada de aire.
En la cicatriz de la cesárea de los gemelos.
En el rayo de sol a las 12
cuya sombra es un personaje.
En la cajita secreta
que escondo los días feriados que caen en lunes.
En el sabor de las gomitas con chile.
En el papel cuché en el cual imprimí a escondidas las 206 páginas
del taller de dramaturgia.
En la resignación de los traguitos de agua de coco
en las vacaciones de verano.
En el suero que alivia mi cruda
durante el puente del 16 de Septiembre.
En la esquina del libro de marketing farmacéutico
que me dieron en el intercambio.
En el aguinaldo con el que compré el boleto a la adultez
(diferido a 12 meses).
En los ojos que puso el baby Yoda de la jefa
al negarme a salir con ella.
En la estrategia de acoso inbound que me implementó.
En el ibuprofeno que suspendo cuando no voy a la oficina.
En la mano de la jefa
que sostuvo el clavo santo para crucificarme.
En la espalda de la junta en la que la jefa
ensalzó mis skills con su famosa técnica del sándwich
y siguió con un nuevo plan de trabajo
porque pagarte por escribir no es un trabajo.
En la tinta de la lista de mis nuevas actividades
para escribir menos y producir más.
En la última mordida del chocolate
con el que agradecí al dueño de la empresa el trabajo.
En el pliegue de la cosquilla que me salió del pecho
cuando firmé la renuncia.
En el pequeño placer de quien elige brincar en los charcos
y enlodarse los pies.
En la comodidad del aire que habita el silencio de la casa.
En las partículas de neblina que inhalo todas las mañanas
al caminar por el Parque Bicentenario.
En todo el aire que no ocupa mi cuerpo.
Cuando terminé el primer taller de dramaturgia de LEGOM, me di cuenta de que si quería continuar aprendiendo, necesitaba trabajar en un lugar cuyo horario me permitiera regresar a casa y dedicar tres o cuatro horas diarias a leer y analizar drama. Ingresé a trabajar a una empresa para desarrollar contenido médico. Las circunstancias no fueron favorables para mí; sin embargo, leer textos científicos, realizar entrevistas, escribir artículos y guiones me encantó.
Cyntia Venegas (Toluca, 1985). Es licenciada en Comunicación Audiovisual por la Universidad del Claustro de Sor Juana. Estudió el diplomado en Creación Literaria en la SOGEM. Cursa la maestría en Tecnología Educativa en la UDEMEX. Es alumna del taller de dramaturgia de LEGOM e integrante del taller de poesía de Grafógrafxs.
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