28/Nov/2022
Portal, Diario del Estado de México

MATEO DE SULTEPEC. 1810 Última entrega

Fecha de publicación:

Del libro de cuentos Las victorias inadvertidas (IMC – 2013)

Delfina Careaga

            —Déjate curar, niño. Tienes la nariz fracturada, y quién sabe si vuelvas a ver con ese ojo que casi te lo han hundido… Además, ¡mira cuántos dientes rotos…!

            La voz venía de arriba. Lanzó su mirada hacia allí y vio el rostro sucio de una mujer joven con hermosos ojos negros. Poco a poco se dio cuenta que la mitad de su cuerpo se hallaba acostado sobre su regazo mientras ella, con un trapito, le limpiaba la sangre que bañaba su cara. Su primer reacción fue levantarse, pero ni la mujer ni el dolor lo permitieron.

 

            —¡Ehhh!, que te estés quieto… —dijo ella sonriendo, y Mateo obedeció.

            —¿Dóoonnde…? —Y ya no pudo continuar. La cabeza parecía que iba a reventársele.

            —Shhh. Estamos en la cárcel de la Hacienda de Real de Abajo, a la que nombran Santa Lucía. Pero no te muevas.

            El tono de su voz, naturalmente dulce, lo tranquilizó. Por ella acabó enterándose que lo habían secuestrado. Y recordó a los hombres que lo agredieron en el camino. Hacía unas horas lo habían arrojado ahí como un saco de basura. En ese cuarto enorme, en donde sólo unas pocas velas lo alumbraban, había siete prisioneros además de ellos dos, todos sentados en un piso repugnante lleno de inmundicias, razón de que el ámbito entero hediera insoportablemente. Los españoles dueños de la hacienda, ahora más que nunca se habían dado a perseguir a todo aquel que tuviera incluso el menor nexo con los insurgentes. ¿Qué quiénes eran los insurgentes? Pues los que en ese momento guerreaban por la libertad de la Nueva España.

            —¿Laaa…? ¿Nonno eess libre? —Acertó a murmurar Mateo, lo que produjo una carcajada cortante de la joven y otras débiles risas brotadas de las tinieblas.

            —¡Mira que eres inocente! —dijo la joven con un dejo de amargura.

            Mateo le preguntó con dificultad quién era ella.

            —Yo soy Antonia Crespo, campesina, pero trabajo de obrera en Toluca en una fábrica textil para pagar mis estudios. Sólo vine a visitar a mi familia y hace una semana que me apresaron junto a mis dos hermanos —dijo señalando un lugar indefinido en el galerón—. Y tú, ¿cómo te llamas?

   —Ma-mateo —respondió él tan débilmente que tuvo que cerrar los ojos…y se volvió a desmayar.

            Dentro de ese tiempo distinto de la inconsciencia, siguió soñando con el volcán, pero veía los bosques distorsionados, ahora palpitantes y amenazadores, la tierra erosionada bajo un temible cielo rojo… Antonia estuvo a su cuidado; a veces, Juan uno de sus hermanos, la ayudaba con darle de comer al muchacho, y los demás presos se turnaron para limpiarlo tratando de mantenerlo lo menos sucio dentro de tales circunstancias. Al cabo de una semana, Mateo se había recuperado ya. Entonces conoció cabalmente a sus compañeros y al infierno en donde habían caído.

            —Ellos son Juan y Ramón, mis hermanos como ya te dije. Tienen una tierrita cerca de aquí, la poquita que pudieron rescatar. Él es Miguel González, cocinero de la Hacienda de El Puente y compañero de lucha. Anselmo Ocaña y Lino Montes, mineros de El Oro. Don Cristóbal Arizmendi, abogado de Ixtapan de la Sal. Y el profesor Isidro Martínez, de Zacoalpan. Todos llevamos más tiempo encerrados que tú.

            Por encima de su desconsuelo, el jovencito tuvo la instantánea sensación de volver a reunirse con su familia. Todos lo saludaron de mano. El profesor le dio una palmadita cariñosa en una mejilla mientras el abogado le decía: 

            —No debes angustiarte, Mateo. Vas a ver que pronto estaremos en libertad.

            —Gra-gracias —y su ánimo terminó por tranquilizarse.

            Pero al rato, cada uno de ellos ya se había olvidado de los otros. Alrededor de los presos flotaba un rencor sobrecargado. El tiempo sin luz, se volvía exacerbadamente eterno. Tal tormento les iba arrancando de a  poquito el último rastro de esperanza. Mateo los escuchaba con el alma empañada por el dolor, cuando comentaban con voces gruesas de rabia los sucesos de la guerra, de las injusticias, de la crueldad —de esa crueldad que al muchacho le parecía imposible concebir—, del desafío constante de la vida como si fuera la más implacable enemiga del hombre, así como del esfuerzo a veces desgarrador que éste debía hacer tan sólo por sobrevivir. Parecía que este extraño planeta se sostenía sobre la base de fuego de la violencia. Entonces Mateo empezó a comprender, lenta pero profundamente, que él había permanecido engañado: su existencia en el convento resultaba única, como si él no perteneciera al género humano; existencia por completo ajena a lo que ocurría en la verdad del mundo.  

            Únicamente dos personas eran capaces de no absorber el aborrecimiento y la amargura: el profesor Martínez —siempre con su semblante tan afligidamente sereno—, derrotado en sí mismo porque la barbarie rebasaba cualquier aspiración noble; y Antonia, que gracias a su fuerza moral aún podía sonreír y querer y hasta hacerle alguna broma al muchacho.

            Una noche,  Mateo sintió que toda la tribulación que experimentaba en ese negro e inmundo rincón, tenía el único fin, como su antípoda, de hacerlo sensible a la transparencia que aún respiraba en aquel trozo de su vida —tan reciente, tan remoto—, cuando se encontró con el caballero Cervantes. El chico no podía utilizar las palabras pero ahora sabía medir las diferencias porque con don Julio había conocido el respeto, y la relación digna con su persona. Sí, hasta ahora puede decirse que realmente tenía conciencia de ello.

            Una vez se atrevió a aproximarse al profesor Martínez y con dificultad le preguntó si toda la gente podía ser tan mala.

            —Los humanos somos difíciles, Mateo —le respondió el maestro con su débil voz sombría—: unas veces oscuridad y otras luz. Pero la guerra, siempre significa horror y muerte.

            Mateo se tocó levemente su rostro destrozado, y apesadumbrado asintió con la cabeza.

Con férrea disciplina guardaban comida —y velas—, previendo las ocasiones en que el guardia no les llevaba las sobras de sus amos ni la cubeta de agua de pozo. En ocasiones, les traía trapos y paja para que recogieran los excrementos de esa esquina del galerón —donde los pobres presos estaban obligados a hacer sus necesidades—, y los echaran en un gran saco de yute. Tal grado de insalubridad, la misma pestilencia del cuarto, estaba a punto de enfermarlos. Esto y la oscuridad eterna eran las torturas continuas que tenían que soportar.

Antonia era mayor trece años; Mateo y ella se habían hecho los mejores amigos. Él la quería muchísimo.

Mientras, el tiempo, despiadado, se negaba a continuar.

Cuando lograba conciliar el sueño, Mateo se aislaba de esa realidad asfixiante; sueño en donde, frecuentemente, se volvía un fantasma feliz que regresaba a su convento, a sus pacíficas tareas, a su bosque encantado, a don José Manuel que se transformaba en su padre. Pero, como el pago a un momento dichoso, luego, en el sueño que ahora se volvía pesadilla, aumentaba la lacerante agonía, la penetrante nostalgia, la atroz urgencia de regresar a su hogar perdido en una incalculable distancia, como si él ya se hubiera marchado de la vida quedándose suspendido en la  soledad de la nada.

Quién sabe qué hora sería cuando en una ocasión extrañados escucharon pasos que se acercaban. Poco después entraban al galerón dos hacendados con dos esbirros que cargaban, cada uno, un  mosquetón. Los rebeldes se alarmaron. Antonia, como para proteger a Mateo, lo cogió de la mano.

—Esto es una mierda —dijo uno de los amos tapándose la nariz.

—Pues apurémonos entonces —comentó el otro.

Y se dirigió resuelto hacia Antonia. Sus hermanos dieron un paso adelante, pero el otro español, con una leve seña, ordenó a los hombres armados apuntar sobre ellos.

—¡Alto! o disparan —dijo tranquilamente.

Ramón y Juan se detuvieron. Mientras, el otro jaloneaba a Antonia quien se resistía. Entonces el hombre, con su bota, empujó a Mateo para que se desprendiera de la mano de la muchacha. El muchachito cayó para atrás. Ella luchaba fieramente.

—¡Suéltame, desgraciado! ¡Déjame!     

Pero el hombre ya la arrastraba.

—¡Cállate, perra! —Y luego, una sonrisa mordaz apareció en sus labios —¿Ves? —se dirigió al otro cuando llegó a su lado— te dije que ésta valía la pena como para celebrar tu llegada. Nomás hay que bañarla…

Antonia trató de zafarse y el español dejó libre una de sus manos que la agarraban para propinarle un bofetón. Juan no pudo más y se lanzó sobre él.

—¡Maldito gachupín!

De inmediato, un mosquetón soltó toda su carga. Juan cayó al suelo como un fardo. Los demás estremecidos gritaron y sus gritos formaron uno solo que retumbó en ecos. Ramón vociferaba como un agonizante.

Antonia aullaba.

Arrastrándola, los cuatro hombres empezaron a salir.

Por su parte, Mateo ya se había levantado. Algo tremendo, demencial lo sacudía por entero; todo él se había vuelto una antorcha que ardía de miedo, de impotencia y también de ira. Su cuerpo se unía a su razón y temblaba convulso. Así caminó hacia atrás, se topó con un muro y ahí se fue resbalando hasta quedar en cuclillas, en tanto todo él se sacudía como un muñeco de trapo.

Fue el profesor Martínez quien llegó hasta él para abrazarlo. Quizá esto lo ayudó, porque entonces la conmoción se transformó en algo así como espasmos más allá de los sollozos.

—Cálmate, tranquilízate —le pedían los otros.

El grito ahogado le hincaba las garras rasgando el corazón. La macabra sacudida terminó cuando Mateo alzó la mirada y vio, allá, en el otro extremo a Ramón, silencioso, sentado en el suelo junto al cadáver de su hermano…  

 A partir de ese instante, nadie volvió a hablar. Las horas que siguieron fueron las más espantosas. Ramón no se separó ni un instante del cuerpo de Juan hasta que vinieron por el cadáver. El pobre campesino, devastado, ni siquiera trató de impedirlo.

—Si no nos lo llevamos, dice el patrón que nos puede caer la peste —aseguró uno de los guardias.

Mateo continuó en su rincón y ahí, con la cabeza baja pasó todo el tiempo sin moverse. Durante más de quince horas nadie habló.

Pero de repente, el muchacho levantó la cabeza: un ruido, más bien un alboroto de gritería… ¿de disparos?… se escuchaba lejísimos y arriba del techo de aquel sótano. Los demás también lo oyeron. El abogado González caminó hasta pararse en medio del galerón.

—¡Han llegado!… ¡Han llegado refuerzos!… ¿No escuchan?…

Todos —menos Ramón— parecieron recobrar la sangre en las venas. Mateo corrió hacia la puerta enrejada.

—Cá-cállense —pidió a sus compañeros.

Unos instantes estuvieron atentos a aquellos apagados sonidos, mas de repente todos brincaron al ser sacudidos por un estruendoso cañonazo. 

—¡Llegaron! —gritaron con los ojos refulgentes.

—Aguarden, no sabemos… —dijo precavidamente el maestro Martínez.

Durante más o menos una hora continuó la misma situación. Los presos se habían apretujado en la puerta-reja de su cárcel.

—¡Ya!  —Sólo acertó a gritar Mateo como una especie de súplica.

En ese instante, muchas botas pisaban las húmedas losas del sótano.

A partir de ese momento lo acaecido rebasa una descripción ordenada: los hombres entraron, dispararon al cerrojo de la puerta, salieron todos atropellándose. Mateo regresó por Ramón que no se había movido. De la mano lo arrastró como a un niño hacia afuera. Ahí, caballos, heridos, muertos, hombres hablando órdenes, maldiciones, blasfemias. Los charcos de sangre. Un gran agujero frontal en el casco medio quemado. El movimiento incesante. El estruendo.

—¡Los nuestros se han chingado a todos los gachupines de la hacienda! —escuchó que alguien lo gritaba entre carcajadas.

Mateo corrió hacia el interior. Abajo y arriba penetró en las habitaciones que mostraban un espectáculo dantesco: algunos hombres y mujeres, mutilados; puñales todavía enterrados en las carnes, otros ennegrecidos por la metralla, todo dentro de un entorno catastrófico. La masacre habíase realizado completa, pues el saqueo resultaba igual de feroz. Hasta ahora se enfrentaba al horror de la muerte. El chico jadeaba, buscando a Antonia entre los muertos. Pero nunca la volvió a encontrar.

La fatiga lo obligó al fin a aceptar que su amiga había desaparecido. Un chispazo de consuelo le pasó por el alma. Quién sabe cuánto tiempo estuvo ahí, de pie. Su ser se debatía sacudido por tan extremas emociones que éstas terminaron sometiéndolo a la inmovilidad. Luego, con un gesto desesperado sacudió la cabeza, negando, negando… Después, sobrecogedoramente tranquilo, fue saliendo ya sin lágrimas.

En ese momento entraba otro pelotón insurgente en tanto la mayoría, a pie o a caballo, iba en sentido contrario. Mateo veía todo como velado por una cortina traslúcida y movediza. A lo lejos, creyó advertir a Román que, arrastrando los pies, solo, caminaba quizás para su tierra. Alguien dio un grito fortísimo:

—¡Las fuerzas insurgentes del cura Hidalgo se dirigen a Toluca! ¡A la serranía de Las Cruces! ¡Sigámoslas! ¡A Toluca!

Mateo se hallaba en medio de la baraúnda atronadora. Alzó la vista y vio, como una aparición, al jinete que tenía enfrente.

—¡Se-señor Bermejo!…

Únicamente un destello de asombro pasó por los ojos de don Pedro José porque no había tiempo para reflexiones.

—¡Vente conmigo, Mateo! ¡Te llevo en mi caballo! —le propuso escuetamente.

—¡De-decidme!… ¿el frai-fraile Iz-izquierdo?… ¿don Ju-julio?… —fue la respuesta del muchacho.

—De don José Manuel no sé nada  —contestó el escribano. Su caballo nervioso caracoleaba—. Don Julio fue asesinado vilmente, a traición, en Guanajuato. ¡Súbete, anda!

Dentro de una temporalidad desconocida, el corazón de Mateo dejó de latir. Pensó que ahora sí moriría, que estaba muriendo. Pero su mente, en un laberinto de remembranzas, lo obligó a escuchar las voces del pasado en tanto forzaba a su pulso a continuar palpitando: “Gracias, Mateo, haz hecho algo muy importante para nosotros”… “Gracias, Mateo…”.

—¡No! —gritó el joven—. Y corriendo se alejó. Tenía que encontrarse ya con el primigenio Mateo, en su convento, en su bosque, con su guardián Xinantécatl, en su pequeño granero… Corrió y corrió… Ay, la verdad, imposible de ocultarse… ¡Huir!… ¡Antonia! ¡don Julio! ¡don Julio!… Escapando… Ya él había dejado de ser nada, nadie… Extenuado… Ya era necesitado y necesitaba a otros… Tropezando…  Ya le habían roto su caparazón de inocencia… Pero seguía su carrera… Ya jamás recuperaría el halo protector de su ignorancia: la falsa libertad… Hasta que ya no tuvo fuerzas… ¡Era imposible volver atrás! ¡Imposible!… Y se detuvo.

Oprimiéndose el pecho volvió sobre sus pasos. Extendió la mirada: no quedaba nadie, únicamente allá los cuerpos inermes y la sangre regando la tierra. Su cerebro, en paz, se acallaba. Al fin sabía lo que debía hacer: luchar en nombre de Antonia, del señor Cervantes, de Juan, por este Mateo recién nacido otra vez entre la mierda, por sus hermanos desheredados…

Se encaminó directo hacia el pozo donde bebió del cubetón durante largo rato. Luego volvió a izarlo para echarse toda el agua sobre la cabeza; y enardecido, lastimándose se restregó la cara, los brazos, los pies, lo que quedaba de su calzón y de su camisa de manta. Se alisó el empapado pelo con las manos, y con las manos se quitó bruscamente el agua del rostro, aunque de esta forma no pudo secarse el odio. Después, emprendió la marcha.

A veces trastabillando, con el cuello tenso, estirado hacia adelante para encarar al mundo, cruzó cojeando el terreno que antecedía al casco de la hacienda hasta llegar al lugar por donde los insurgentes habían partido. Visto desde lo alto sólo se observaba a un hombre. Tenaz, siguió por esa brecha… De pronto se detuvo un instante para inclinarse a recoger, con furioso arrebato, un machete olvidado entre el polvo del camino.

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