26/May/2024
Portal, Diario del Estado de México

ROSTROS ITINERANTES de Delfina Careaga. Capítulo XI

Fecha de publicación:

ROSTROS ITINERANTES” 

NOVELA ACREEDORA A LA BECA FOCAEM 2012 

(Inspirada en la vida y obra del pintor Felipe Santiago Gutiérrez) 

DE DELFINA CAREAGA

CAPÍTULO XI

Era el año de 1848, Andrés había cumplido los 24 años.

En febrero de ese año se firmó el histórico Tratado de Guadalupe Hidalgo el cual estableció que México cedería más de la mitad de su territorio a Estados Unidos, después de haberse enfrentado en una guerra de cerca de dos años tras las pretensiones de expansión del país del norte y la inestabilidad que reinaba en una de las peores épocas de la historia de nuestra nación. Mientras esto sucedía en México… En pleno contexto de la Revolución Industrial (primera etapa), en Europa se vivía un periodo revolucionario que abarcó la primera mitad del siglo XIX: la revolución de 1820, la de 1830 y las de 1848. Estas últimas, con carácter liberal como las anteriores, tuvieron como sello distintivo una causa nacionalista y una primera organización de tipo obrera. Las revoluciones de 1848, dentro de su ideología liberal, no sólo tuvieron como base social a la burguesía y a los obreros (como en Francia), sino que hubo también participación aristócrata como en Hungría. Surgieron en Francia pero con repercusión en diferentes territorios europeos.

La casa de estudios llamada Instituto Científico y Literario en Toluca, había nacido en el año de 1828, casi al mismo tiempo que el Estado de México. De ahí que en ella también tuvieron efectos los fenómenos políticos, económicos y culturales por los que el país y la entidad atravesaron. 

mexicoenfotos.com

El traslado de sus pinturas en diligencia fue un problema que solucionó penosamente yendo y viniendo dos veces de México a Toluca. Pero eso fue lo de menos, porque lo importante era que al fin Andrés María contaba con una idea concreta en relación a su porvenir. El vetusto edificio del Instituto lo recibía con las puertas abiertas.

El mismo Sánchez Molina, con una familia amiga —los Iñárritu— le había conseguido un cuarto cómodo, grande y muy bien amueblado, independiente del resto de la casa que se ubicaba a una cuadra de los portales cuya construcción, dirigida por el eminente ciudadano González Arratia, había comenzado en 1832 y en ese momento contaban ya con sus 120 arcos. La pieza se la alquilaron a muy bajo precio. En cuanto estuvo instalado escribió una larga carta a Gabriel, contándole su buena suerte.

Lizeth Salazar del Villar

         Y el siguiente lunes, muy de mañana, entraba junto a Ignacio en lo que desde ese momento sería su salón de clase. Los alumnos se pusieron de pie y el director, sonriente, los hizo sentar para presentar al nuevo maestro con palabras sumamente halagadoras para Andrés. Después, Sánchez Molina salía satisfecho en tanto Andrés se enfrentaba por primera a vez a la responsabilidad de ser maestro.

         Bastaron pocos días para que se adentrara por completo en la rutina docente. Con sus discípulos se comportaba amable pero inflexible en el aprendizaje de las reglas fundamentales de la pintura y en el estudio de la historia del arte. Eran varios estudiantes, alrededor de 16. Al medio día, caminando, se iba para su domicilio donde la dueña de la casa ya le tenía preparada una comida abundante y sana. Esta familia consistía en un matrimonio más o menos joven —él médico, y ambos sumamente religiosos— y tres hijos: un adolescente de 13 años que también estudiaba en el Instituto, una niña de 9 y un bebé de un año. Todos comían juntos después que el señor de la casa rezaba una oración de gracias y como protección para los suyos contra las epidemias que solían asolar la población. En realidad eran amables y comedidos con Andrés. Sin embargo, lo miraban con un respeto que a él lo desconcertaba porque era el que se ofrece a una persona mayor. Y es que Sánchez Molina se extralimitaba hablando de su talento “verdaderamente extraordinario”, por lo que Andrés se sentía incómodo; sólo lo tranquilizaba su relación con los niños que no tardaron en brindarle un afecto sincero. Muchas noches, antes de acostarse, jugaba un rato con ellos a las cartas, adivinanzas y otros entretenimientos que él les fue enseñando. Esta costumbre los acercó mucho y la señora y su esposo también empezaron a hacer más liviano su trato con el pintor, quien, por encima de sus méritos, no era más que un joven sin familia.

         Al tercer día de dar clases, Andrés fue llamado por el director. Al entrar en su agradable oficina, Ignacio Sánchez Molina salió a recibirlo. Ambos se sentaron frente a frente.

         —Y bueno, dígame ¿cómo se siente en su puesto? —preguntó sonriendo.

         —Un tanto raro, pero bien. Creo que pronto tendré la experiencia necesaria para ser un buen maestro. Por cierto que ya empecé a escribir para mis alumnos un tratado de pintura… Ojalá nuestro arte ocupara un lugar preferente en los pueblos más cultos y civilizados.

         —¡Magnífico! —exclamó Ignacio—. Ya he oído de su otro talento: escribe usted tan bien como pinta… En fin, lo he mandado llamar para invitarlo a cenar en mi casa el próximo sábado. Quiero que lo conozcan ciertos personajes que serán importantes para su carrera. ¿Qué dice?, ¿irá?

         —Desde luego, Ignacio, encantado y agradecido.

         No eran muchas las calles y avenidas de esta sencilla población, no obstante ya capital de un estado con varios miles de habitantes que habían logrado cierto dinamismo en sus actividades económicas, a pesar de ser un lugar de paso entre la capital de la República y otros diferentes destinos. Caminar por sus calles tranquilas fue siempre un placer para Andrés que recorría la población de punta a punta en las tardes cuando terminaban sus clases, por encima de los consejos de que evitara en lo posible salir a la calle porque había epidemia de cólera. La ciudad era pequeña con una sociedad mayoritaria de indígenas y mestizos en su periferia y en el centro una minoría de clases media y alta acomodadas.

         Esa noche Andrés se arregló lo mejor que pudo y pronto se encontró tocando a la puerta de la casa del abogado Sánchez Molina quien, personalmente la abrió. Sonriendo y con gran afecto fue presentándolo a diferentes personas, todas pudientes económicamente y algunas, además, con cierto poder político. También le presentó a su esposa, una distinguida dama inglesa muy enamorada de las virtudes y la gran personalidad de su marido.

         Andrés agradecía el empeño de Ignacio por dar a conocer su obra, pero nunca se sintió completamente relajado en la compañía de esta clase social. Y se fijó en la altiva mirada que las jóvenes presentes le lanzaban, quizás reprobando su origen humilde. No obstante, su propósito de poder seguir pintando lo obligaba a aceptar esta concesión, pues sólo los ricos podían comprar sus cuadros.

         —Andrés, venga, por favor —le dijo Sánchez Molina extendiendo su brazo hacia él— quiero que conozca al licenciado Tomás Zubieta. Ahora él se encuentra solo: su familia se halla en España donde el padre de Tomás tiene negocios.

         Él se acercó hacia un joven, más o menos de su edad, que lo miraba con agrado.

         —Hace tiempo que tenía el deseo de conocerlo, maestro Guzmán. ¡Ignacio pondera tanto su talento…! —dijo Zubieta amablemente.

         —Me temo que el abogado Sánchez Molina está reuniendo una verdadera multitud de defraudados, licenciado Zubieta.

         —¿Por qué dice usted eso? —Preguntó éste asombrado.

         —Porque después de sus palabras tan enaltecedoras, provoca que cuando se me conoce en persona, irremediablemente la gente caiga en la decepción.

         Los tres rieron.

         —¡Qué exageración! —exclamó Ignacio.

         —¡Cuánta modestia! —dijo el joven Tomás.

         Y cambiando de conversación Andrés preguntó:

         —Ignacio me dice que el padre de usted se dedica a sus negocios en España.

—Sí, lo que mi madre, con su artritis, aprovecha para ir a Caldes de Montbui, una villa catalana del tiempo de los romanos que tiene aguas termales sumamente curativas. Regresarán en unos meses.

         Ignacio se volvió hacia Andrés para decirle, sonriente:

         —Le va a enloquecer Mariana, la única hermana de Tomás; es la muchacha más encantadora que he conocido en mi vida. Además también estoy seguro que le gustarán sus padres.

         —Se los presentaré en cuanto lleguen al país, se lo prometo —añadió Zubieta.

         —Será un placer conocerlos —dijo Andrés.

         —Pues volviendo a su exagerada modestia, déjeme decirle que resulta totalmente ridícula, querido Andrés —añadió Sánchez Molina todavía riéndose—. Y para demostrárselo lo reto a que traiga sus cuadros para colocarlos debidamente en esta sala, y que Tomás y toda la concurrencia que ahora asiste a mi casa, venga a admirar su obra. Así le demostraré que nadie puede decepcionarse de usted, ni como persona ni como pintor. ¿Acepta?

         —Se vería muy mal si rehúsa la invitación, señor Guzmán —dijo con un gesto pícaro el licenciado Zubieta.

         Andrés, riendo, asintió con la cabeza.

         —Me tienen cercado. No tengo otra salida que acceder. —Y luego, volviéndose hacia Ignacio, añadió—: Pero… los marcos. Faltan algunos y yo, por ahora no puedo…   

         —Eso déjenoslo a nosotros —lo interrumpió Tomás.

         —¡Por supuesto, Andrés!, no se preocupe —indicó Ignacio.

         —Bueno… entonces… ¿Cuándo quieren ustedes que traiga mis trabajos?

         —¡Mañana domingo! —se apresuró a contestar Sánchez Molina—. Para dar tiempo a que la exposición esté lista el próximo sábado. Va a hacer el gran acontecimiento de nuestra sociedad. ¡En este instante voy a dar la noticia!

         Y sin más caminó hasta el centro de la amplia habitación.

         —¡Damas y caballeros! Su atención por favor… —dijo con voz fuerte y firme—. Acabo de lograr un triunfo que también será el de ustedes y el de nuestra amada ciudad… ¡El eminente maestro, el enorme academista Andrés María Guzmán, expondrá su obra en este mismo salón el próximo sábado! ¡Quedan todos invitados!         El aplauso general no se hizo esperar. Las jóvenes que miraron despectivamente a Andrés cuando llegó, en ese momento le sonrieron.

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