04/Mar/2024
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ROSTROS ITINERANTES de Delfina Careaga. Capítulo IX

Fecha de publicación:

 “ROSTROS ITINERANTES” 

NOVELA ACREEDORA A LA BECA FOCAEM 2012 

(Inspirada en la vida y obra del pintor Felipe Santiago Gutiérrez) 

DE DELFINA CAREAGA

CAPÍTULO IX

Las sesiones se daban dos veces a la semana, por la noche, después de las clases y en la vivienda misma de Andrés, lo cual convertía las citas en algo provocativamente secreto. Ella, sin darle ninguna razón, se había negado a que fueran en su casa. Y allí en la vecindad, entraba Ausencia con una capa negra que la ocultaba por completo. Al quitársela Andrés la veía realmente hermosa con un vestido de fiesta verde y oro que había elegido para el retrato. Posaba sentada en una posición relajada, informal. Andrés empezó a esperar esos días con impaciencia. Le gustaba estar con ella, pintar cada detalle de su fisonomía, le gustaba su voz de mezzo-soprano, sus gestos suaves, casi perezosos, el aroma de su perfume y el azul de sus ojos. La relación se fue estrechando tan de a poco, tan naturalmente, que después, cuando Andrés quería recordar cómo fue el principio, nunca pudo precisarlo.

 Edward Hopper “Painter and Model” (1904)

         Se volvieron amantes sin dejar de ser amigos. Andrés encontró en ella una compañera insubstituible que lo entendía sin que le diera muchas explicaciones. Su trato era, en fin, deliciosamente fresco y cordial, y en lo que se refiere al sexo, insuperable. Pero con el tiempo, Ausencia empezó a preocuparse de los sentimientos de Andrés cada vez más y más apasionado y posesivo. Y ella, por nada del mundo quería lastimarlo. 

Empezaron las súplicas del pintor para que ella lo visitara más días, o para que se quedara más tiempo cuando estaba con él. Empezó a celarla. Empezaron las discusiones.

         Un día, en la cama, ella le dijo en un murmullo de voz:

         —Andrés, no quiero que olvides jamás quien soy. Y recuerda que me acuesto con otros hombres porque de eso vivo y mantengo mi casa. —Luego se quedó callada por unos instantes—. La casa que fue de mis padres y que al morir en un accidente cuando yo tenía quince años, fue lo único que me dejaron. Y lo más importante: no olvides que me gusta mi vida y no quiero, en ningún momento cambiar lo que yo he elegido. Así que, no eches a perder esta amistad. Pon los pies en el suelo, ¿de acuerdo?

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         —¿Y tú no puedes comprender el amor? ¿No puedes sentir cuánto te amo y el tormento que esto me ocasiona? —dijo él temblándole los labios. Y luego, herido y rabioso, añadió— ¿O es que tu frialdad es porque no me cobras tus servicios?

         Ella se incorporó de inmediato y habló con una seriedad que la obligó tomar un tono oscuro en la voz.

         —No hablaba de eso. Si quieres tocar ese tema tan vulgar, tú me has dado más dinero que cien hombres juntos.  ¡Por lo menos eso vale la pintura que me has regalado! —Luego dulcificó la voz—. Y, escucha: aun sin ella tú eres mi amigo a quien no puedo ni quiero negarle nada. Y no vuelvas a poner al dinero entre nosotros, no me lastimes… Otra cosa es que no quiero que trastoques nuestra relación. Entiéndeme: por nada del mundo vayas a enamorarte de mí, Andrés. Esto que te digo va muy en serio.

         Y Andrés ya no pudo replicar.

         Pero sus sentimientos, su mismo cuerpo podían más que cualquier reflexión sensata. Aunque él no lo aceptara, no hacía más que pensar en ella y se desesperaba por no encontrar la manera de alejarla para siempre de esa vida, de hacerla suya solamente. A partir de que se conocieran casi había transcurrido un año y él vivía siempre en contención, cada vez más sediento de su presencia. Ausencia se había convertido, pues, en su paraíso y en su infierno. Por ello, el carácter de Andrés se volvió agrio; todos notaron el cambio y sólo Benito y Luis Gonzaga sabían el motivo.

         —Andrés —le decía Luis intentando distraerlo—, ¿te has dado cuenta que Anita, la sobrina del administrador de la vecindad, viene aquí cada vez con más frecuencia? ¿A poco eres tan sonso que no has advertido las miradas lánguidas que te lanza todo el tiempo? No me vas a decir que no es una muchacha muy bonita y que…

Cortesía Delfina Careaga

         Andrés, cortaba invariablemente ese tipo de conversación.

         —No sé qué les ha dado por estarme fastidiando con lo mismo. —Y francamente enojado, les espetaba—: ¡Ya déjenme en paz y no se metan en lo que no les importa!… ¡Por favor!

         Una noche, solo en su vivienda, la pasión que sentía por Ausencia y que ya no podía controlar, estalló en su pecho y se derramó en todo él como lava ardiendo. Sin pensarlo se levantó y salió a la calle. Acababan de dar las dos de la mañana. Sin que interviniera una decisión razonada, se dirigió directamente hacia la casa de citas. Al llegar vio el salón y el dormitorio de ella iluminados, curiosamente el resto de la casa estaba a oscuras. Tocó la campanilla y pronto una de las mujeres le abrió la puerta, haciendo un gesto de sorpresa.

         —¡No lo esperábamos tan tarde, don Andrés!

         Él traspuso el zaguán preguntando por Ausencia. Le pareció que la joven se ponía nerviosa.

         —La señora salió desde la tarde y no va a volver hasta mañana…

         —Pero tiene encendidas las luces de su recámara.

         —Ah sí —contestó ella sonriendo como tonta—. Es que yo acabo de entrar por una cosa y se me ha olvidado apagar la lámpara.

         Andrés supo que mentía y sin más apartó a la joven y empezó a subir corriendo la escalera. Ya no hizo caso a los llamados de la muchacha y llegó hasta el pasillo del piso superior. Abajo, algunos clientes miraban hacia arriba, entre curiosos y asustados. Andrés abrió la puerta de la habitación de Ausencia quien, desnuda y azorada, se sentó en la cama. Junto a ella, un hombre de edad madura, calvo y gordo también se incorporó cubriéndose nerviosamente con la sábana. Ella se puso una bata y se paró furiosa frente al muchacho.

         —¿Cómo te has atrevido, desgraciado?… ¡Sal de inmediato de mi casa y no quiero volver a verte nunca más! … ¿Qué esperas?… ¡Lárgate!

         El corazón de Andrés se rindió exhausto.

         —No, Ausencia, ¡perdóname, perdóname! ¡No me eches de tu lado!…

         —¡Fuera! —le gritó ella cuando ya algunas personas llegaban hasta la recámara— ¡Jamás te perdonaré que hayas traicionado nuestra amistad! ¡Llévenselo!

         Andrés, rojo de vergüenza y de celos, se deshizo de los brazos que querían asirlo y furioso salió de la habitación y de la casa.

         Al llegar a su vivienda ya no tenía la mínima energía. Apenas entrecerró la puerta y a oscuras, únicamente con la débil luz del farol del corredor, se echó sobre la cama, se cubrió el rostro con las manos y empezó a sollozar. Y pensó solemnemente en matarse justo antes de quedarse dormido.

         Al día siguiente su mente estuvo ausente durante todo el día. Aún no llegaba la hora de salida de la clase cuando disculpándose por cualquier motivo, salió de la Academia. Nervioso empezó a caminar hacia el prostíbulo. Y no pudo evitar acercarse a la puerta y tocar con la manita de metal. Salió a abrir Bernardo, especie de guardián de la casa: un hombretón de casi dos metros de estatura, músculos como de fierro y cara estúpida.

         —Buenas tardes, Bernardo… —dijo Andrés negándose a pedir permiso para entrar.

         —Disculpe don Andrés, pero tenemos órdenes de no dejarlo entrar —le contestó el otro.

         —No pueden… —Y eso fue todo lo que Andrés pudo argumentar porque Bernardo le cerró la puerta en las narices.

         En un acceso de impotencia, Andrés golpeó y golpeó inútilmente la puerta con los puños y con los pies hasta que la fatiga y la tristeza lo hicieron desistir.

Los días en que se veían se suspendieron. Ella no volvió a su vivienda. Un domingo, el muchacho, enfermo de amor y resentimiento, estuvo aguardando frente a la casa de Ausencia desde la mañana, esperando que saliera ella en algún momento. Más allá del medio día la vio por fin, pero acompañada por dos tipos vestidos de negro que rápidamente la subieron en un coche elegante que los aguardaba frente a la casa y partieron. Andrés se detuvo sin poder hacer absolutamente nada.

         Desde entonces sólo le quedó pasar por esa calle, mirar desde lejos sus profusas luces y regresar a su vivienda con el ánimo por los suelos, odiando su debilidad más que a ella.

         Un día el conserje de la Academia entró al salón para decirle que lo esperaba una persona en el patio. Andrés salió y se asombró al ver a Benito, muy circunspecto, con un sobre en la mano.

         —¿Tú?… ¿qué haces por aquí?

         El aludido se le quedó mirando fijamente a los ojos. Su actitud denotaba una solemnidad que Andrés hasta ahora se la conocía.

         —Doña Ausencia fue a la vecindad. Yo la atendí. Te dejó esta carta. Leela porque me tienes que dar tu respuesta ahora mismo.

         —¿De Ausencia?… ¿Por qué no me avisaste…? ¿Está enferma? —preguntó Andrés sobresaltado.

         —Lee, por favor.

         Andrés rompió al sobre. Era una sola cuartilla escrita con una letra pequeña, inclinada hacia la izquierda:

         “Andrés: Esta es la última vez que me dirijo a ti. Si en realidad me has querido debes abstenerte de buscarme más. El fulano que encontraste en mi cama es una mala y peligrosa persona y muy, pero muy poderoso que está a punto de perjudicarte. Sin ningún obstáculo puede inventar cualquier cosa y meterte de por vida en la cárcel… en el mejor de los casos. Por ello, te lo advierto: resulta imprescindible que te vayas por un tiempo de la ciudad. Tómalo como una advertencia de vida o muerte.

Ausencia”.

Pixabay

         Andrés no podía dar crédito a lo leído. Se volvió hacia Benito con el asombro en la cara.

         —¿Sabes lo que dice esta carta?

         —Doña Ausencia misma me la leyó antes de cerrar el sobre. —Y luego, con voz suplicante, añadió:

         —Vete, Andrés, aunque sea por un tiempo, te lo ruego.

         Andrés se quedó viendo hacia un punto en el espacio y en tanto rompía en pedazos la carta, contestó a Benito.

         —Sí, lo haré; dile a ella que me iré… ¡para siempre! —dijo con absoluta serenidad. En ese instante, misteriosamente, su pasión por esa mujer desapareció. ¿Habrá sido una reacción por miedo a la amenaza? ¿Habrá sido el cansancio provocado por las obsesiones que laceran el alma? Jamás lo supo, pero de repente estaba limpio de ansiedades. Con la simple perspectiva de salir de esa humillante situación, de marcharse de la ciudad, de dejar de sufrir y recuperarse a él mismo, de volver a ser el de siempre… Todo eso y más sirvió para curarse de aquel amor nefasto. Al parecer necesitaba lo que al fin le dieron: una buena traqueteada. Y sí, desde luego que se iría. Era increíble que no lo hubiera pensado antes. Después, ya calmado, por un segundo pensó en reunirse con Gabriel a quien hacía mucho tiempo que no veía y que sólo por sus breves y esporádicas cartas sabía que se encontraba bien. Pero desechó la idea de inmediato. La verdad era que no tenía ninguna idea a dónde ir…; carecía, pues, de cualquier cosa que se pareciera a un plan bien pensado.

Cortesía Delfina Careaga
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