15/Jun/2024
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ROSTROS ITINERANTES de Delfina Careaga. Capítulo II

Fecha de publicación:

 “ROSTROS ITINERANTES” 

NOVELA ACREEDORA A LA BECA FOCAEM 2012 

(Inspirada en la vida y obra del pintor Felipe Santiago Gutiérrez) 

DE DELFINA CAREAGA

CAPÍTULO II 

Corría el año de 1835. 

(Foto: American Publishing Co. )

  

Andrés María, hijo de don Antonio Guzmán y Vargas y de doña Emilia Zozaya y Benites, sólo reconocía a su padre por su imagen: hombre alto, de espesos bigotes, cabello ondulado de un gris prematuro. Sus piernas, con pasos amplios y lentos, sostenían con rigidez su cuerpo de gran estatura y de complexión un tanto robusta; pasos que se escuchaban pisando con firmeza aquellas baldosas de ladrillo de los enormes cuartos de altos techos, los patios y tantos recovecos de la vieja casa, siempre abiertos a jardincillos con enredadas plantas trepadoras. 

(Foto: Web)

        Andrés nunca hablaba con él, pero sí escuchaba a menudo su voz opaca de tonos bajos. Sabía que su padre era militar, por lo que con frecuencia sus responsabilidades lo obligaban a ausentarse de la familia. Pero el niño no necesitaba su compañía. En realidad, no le faltaba nada: contaba con los cuidados de su madre y tenía muchos amigos, entre ellos a Tiburcio Bustamante, un pobre hombre, como solía decirle la gente. Era éste un individuo silencioso; sólo una amable y tenue sonrisa, junto con una leve inclinación de cabeza, era el lenguaje que utilizaba en lugar de las palabras que difícilmente podían salir de su boca dada su extrema timidez. Únicamente su mujer había sabido quién era el verdadero Tiburcio: un alma sensible, inteligente, humilde y digna, cuyo pecado fue el haber nacido ajeno a la banalidad humana. Cuando ella murió, Tiburcio perdió interés en vivir y se dio a la bebida hasta que lo corrieron de la escuela donde impartía sus amplios conocimientos. No obstante, jamás sintió resentimiento por nada ni por nadie. Después de algunos años, por propia y férrea voluntad dejó de tomar. Y se sintió en paz consigo mismo. Ya no le importaba el desprecio que algunos sentían por él, quien se consideraba en su interior, sin vanidad alguna, un hombre respetable. 

(Foto: Web)

        Los trabajos de Andrés lo admiraron desde el primer momento. Él sabía apreciar el arte pictórico y se desesperaba que nadie en el pueblo pudiera valorar en su justa medida los alcances de su pequeño amigo quien poseía un verdadero don. Por eso, Tiburcio se angustiaba por no poder hacer nada para ayudar a su excepcional amigo. Durante un buen tiempo no se le ocurrió cómo podría hacerlo, pero un día, leyendo las hojas sueltas de un impreso que salía los viernes, se enteró de un pintor llamado Marcos Andrade y Garza que daba clases en su taller particular. Y don Tiburcio, enredándose al cuello su gastada bufanda, se alisó el pelo con las manos y salió de su pobre vivienda para ver personalmente al afamado profesor. 

        Después del largo tiempo que transcurrió esperando al maestro Andrade, ocupado éste en una de sus clases, el buen viejo tuvo la oportunidad de hablarle de Andrés que ya dibujaba desde los tres años. 

        —Le aseguro a usted que es verdaderamente notable —decía Tiburcio esforzándose en ser lo más explícito posible—, su talento como dibujante y como pintor son admirables, porque aunque resulte difícil creerme, yo he estudiado las reproducciones de los grandes cuadros de los no menos grandes maestros universales. 

        Y de repente dejó de hablar. Aguardaba. 

        El profesor lo miró asombrado; y más que por lo dicho, por el ardor, la pasión con que Tiburcio empapaba sus palabras, lo cual terminó convenciéndolo. 

        —Es suficiente, señor… ¿Bustamante?… Hágale saber a ese Andrés María que lo espero aquí el próximo lunes a las seis de la tarde. Que traiga, por supuesto, sus trabajos… Ah, y también asegúrele que no perdono la impuntualidad y que si llega un minuto después, no podré recibirlo. ¿Entendió usted bien lo que digo? 

        —Per… perfectamente bien —balbuceó Tiburcio sonriente, temblando de agradecimiento. 

        Días después, al observar una y otra vez cada dibujo de Andrés, el maestro quedó impresionado por el talento del chico. De inmediato le propuso darle clases dos días a la semana. También le proporcionó una lista de los utensilios requeridos: papel, carboncillos, miga de pan, etcétera. 

        —El papel —explicó al niño— debe de ser de Génova para hacer el contorno, ya que resulta el más resistente y menos expuesto a sobarse. Y de membrillo los carboncillos que son, sin duda, los más suave. 

(Foto: totenart)

        Andrés María no podía abrir más los ojos. Las palabras extrañas del maestro Andrade lo introducían en la magia, aquello tan deslumbrante que lo hacía incomprensible. Sin entender casi nada extendió la mano para recibir la lista. 

        Pero fue su padre quien los abrió todavía más cuando leyó los requerimientos del maestro. 

        —Y además ¿cobra por las clases? —dijo sin dejar de ver el papel. 

        —No mucho —intervino tímido don Tiburcio—, el profesor podría considerar la paga con tal de que el niño estudie pintura —se atrevió a afirmar—. Él es una autoridad al respecto y dice que Andrés María tiene un porvenir que… 

        Don Antonio lo interrumpió dejando la lista sobre la mesa, y terminando la discusión definitivamente. 

        —Eso es imposible. No somos ricos. Y ahora menos, pues tenemos que ahorrar para prever los gastos del próximo alumbramiento de Emilia—. Y salió de la habitación con sus grandes y estruendosas zancadas. Sabiendo lo inútil que resultaría insistir, avergonzado, Tiburcio hizo variadas y breves reverencias antes de marcharse de prisa. 

        Andrés siguió mirando a su madre, esperando todavía una respuesta afirmativa. La mujer le tomó las manos, diciéndole con dulzura:           

—Por ahora no podrás tomar esas clases de pintura, Andresito. Tu padre se siente preocupado por el nacimiento de tu hermanito. 

—Entonces ¿se necesita dinero para nacer? 

Doña Emilia sonrió. 

—Sí, ángel mío, para comprar la ropita necesaria para el niño y para otras cosas más. —Por un instante la señora pareció reflexionar. Después se volvió hacia Andrés y le dijo—: Mira, dile a ese profesor Andrade y Garza, que yo sólo le prometo pagar cuando y como vaya pudiendo, pero que, si fuera tan bondadoso, él podría prestarte los útiles que se requieren si tanto interés tiene en enseñarte. —Y tomando la cara de Andrés entre sus manos, añadió—: Este es un secreto entre tú y yo; tu papá no debe saberlo por el momento. ¿Me lo prometes? 

Andrés asintió entusiasmado. 

Cuando el maestro Marcos se enteró del recado de doña Emilia, puso el grito en el cielo: 

—¿Cómo aprenderás sin los instrumentos necesarios? 

—Mi mamá dice que si usted quisiera, que si usted fuera tan bondadoso, que si usted pudiera, que si usted tuviera la gentileza de prestármelos mientras aprendo, que… 

—Bueno, bueno, eso sería lo de menos; ya veríamos… Pero debes entender que yo vivo de mis clases, que es mi oficio, que el no exigir una paga, además, trae muy mala suerte. 

Andrés bajó la cabeza, abochornado. De su bolsa de manta fue sacando su cuaderno de dibujo, buscó entre las hojas hasta encontrar una pintura del rostro del maestro. Y se la mostró. El profesor, al tenerla en sus manos, cambió por completo su fisonomía que de inflexible se llenó de un asombro casi dichoso. 

(Retrato original: José Manut)

—¿Cómo has podido pintar mi retrato si sólo una vez nos hemos visto? —Y luego, en un susurro que el niño no pudo escuchar, dijo para sí mismo—: ¡Es simplemente admirable! 

Andrés se apresuró a explicar: 

—Es que se me quedaron grabadas sus facciones, maestro. Se lo traigo de regalo ahora que no volveremos a encontrarnos. 

Y sin más preámbulo dio la vuelta dispuesto a salir del taller. Pero Garza lo detuvo. 

—Espera. Me has atrapado: no puedo negarme a enseñarte lo que ya sabes hacer por obra y gracia de un milagro. 

Desde ese momento, Andrés María no tuvo respiro: atender a sus deberes en la casa, ir a la escuela, estudiar, practicar lo que el profesor Marcos le dejaba de tarea, acudir a las clases de pintura… Su padre casi no vivía con ellos y su madre lo protegía con su incondicional apoyo. 

Los días corrían y el chico notaba que había en su entorno una especie de conflagración entre las amigas de doña Emilia que iban de vez en cuando a visitarla. En cuanto Andrés aparecía en la sala, la conversación cesaba y su mamá, pretextando cualquier cosa, lo hacía salir de allí. Es verdad que él sabía del próximo advenimiento de un hermanito, pero no asociaba esta noticia con la transformación que sufría su progenitora: ella tan alta y delgadita se había vuelto obesa; ya no podía usar sus vestidos y se había manufacturado unos muy amplios quizás con el propósito de disimular un vientre demasiado abultado. Una tarde el niño le hizo partícipe a don Tiburcio de todas estas dudas. El buen hombrecito enrojeció hasta las orejas, sonrió, asintió con la cabeza varias veces y, como siempre que ocurría cuando la situación lo rebasaba, musitó un “La verdad, no sé, no sé…”, y se marchó casi corriendo. 

Tres semanas más tarde, en la madrugada, doña Emilia daba a luz a un niño muerto. Unas horas después, ella también fallecía debido a una fiebre puerperal que los dos médicos, llamados por su marido para atenderla, no pudieron detener. 

(Foto: Shutterstock)

No se sabe cómo Tiburcio se enteró de la tragedia, el caso es que jadeando por la carrera se presentó de pronto en la casa y sin más, llegó hasta el cuarto de Andrés. 

El niño, al abrir la puerta y verlo, llorando abrazó al anciano. 

—¿Qué le ha pasado a mi mamá?, la he oído gritar pero mi papá me ordenó encerrarme y no moverme de mi cuarto. 

—Tu mamá… —atribulado tartamudeaba Tiburcio—; y es que se puso mala… muy mala, la pobrecita… 

Andrés levantó el rostro empapado en llanto. 

—Pero ¿qué le pasa? ¿Por qué no puedo ir a verla? 

—Lo que sucede es que… ya nunca más la volverás a ver —dijo Tiburcio también llorando. 

—¿Por qué?, ¡dime! —suplicaba Andrés. Y de pronto su semblante se oscureció transformándose en uno ya no de niño: era el rostro de la tristeza del ser humano sin tiempo… y con voz sorda dijo lentamente. 

—Entonces… es que ha muerto ¿verdad? 

El buen hombre, sólo acertó a oprimir al niño contra su pecho con toda la capacidad de su ternura. 

Con dificultad Tiburcio fue calmando poco a poco al pequeño, quien, al fin, se quedó dormido. Luego dudó en marcharse a su choza, pero terminó sentándose en una silla junto a la cama donde al poco rato también cabeceaba un sueño profundo. 

Al abrirse la puerta violentamente, el viejo y el niño despertaron al mismo tiempo. Eran las siete de la mañana. Don Antonio, siempre imperativo, aunque sumamente pálido, entraba con su uniforme de gala de general brigadier. 

—Andrés María: es necesario que te levantes y te alistes porque te vas a ir en este momento. 

El niño no respondió, aturdido. 

El general se sentó en la cama y tomó a Andrés de los hombros. 

—Ya eres un hombrecito y debes demostrarlo con valentía: tu santa madre ha muerto y tú y yo nos hemos quedado solos. 

 El niño empezó a llorar en silencio sin atreverse a abrazar a su padre. Y fue Tiburcio quien rompió ese momento de tensión. 

—¿Puedo yo ayudar en algo, general? —dijo poniéndose de pie. 

—Sí, recurro una vez más a tus inestimables servicios, Tiburcio. Todo está listo para marcharnos inmediatamente al panteón. Pero no quiero que mi hijo vaya al entierro de su madre: aún es muy pequeño para que tales escenas mortuorias se le graben en la memoria. Hazme el favor de llevártelo a tu casa hasta la tarde en que yo pueda pasar por él. ¿Quieres hacerme esta merced? 

—Por supuesto, don Antonio. 

El cielo había amanecido gris y aún perduraba en él una sucia luz blanquecina. Por las calles solitarias dos figuras caminaban lentamente cogidas de la mano: un hombre encorvado y un niño que llevaba bajo el brazo el retrato de su madre. En ese día, seguramente, ya no saldría el sol. 

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