Hay días en que uno necesita hablar de Dios. No necesariamente del Dios que nos enseñaron en la infancia, ni del Dios que aparece en los altares, en las iglesias o en los libros sagrados. Hablo de ese Dios que, de alguna manera inexplicable, aparece cuando la vida nos pone de rodillas y descubrimos que, aun así, podemos levantarnos.
¿Dónde está Dios cuando sufrimos? Dónde está cuando perdemos a alguien que amamos, o cuando una enfermedad llega sin pedir permiso; cuándo un hijo se va, cuándo la injusticia parece ganar o cuando la soledad se sienta junto a nosotros.
No tengo una respuesta. Y quizá nadie la tenga. Pero con los años he aprendido que creer no siempre significa tener certezas. A veces significa seguir caminando aun cuando no entendemos el camino.
Dios puede estar en una iglesia, desde luego. Pero también puede estar en la mano de una mujer que sostiene a su madre enferma, en el hombre que trabaja todos los días para llevar comida a su casa, en quien perdona cuando podría vengarse, en quien ayuda sin que nadie se entere.
Tal vez Dios no sea solamente alguien a quien buscamos arriba. Tal vez también esté aquí abajo. Entre nosotros. En una palabra que llega a tiempo. En un abrazo. En la mirada de un desconocido que, sin saberlo, nos devuelve un poco de esperanza. En esa fuerza inexplicable que aparece justamente cuando creemos que ya no podemos más.
He pensado muchas veces que la humanidad se ha pasado siglos tratando de explicar a Dios, cuando quizá debería dedicar un poco más de tiempo a reconocerlo. Porque si Dios existe —y yo quiero creer que existe— no puede ser únicamente el Dios de nuestras diferencias, de nuestras prohibiciones o de nuestras guerras.
Tiene que ser el Dios de la vida.
El que no pregunta de qué religión somos para permitirnos amanecer. El que hace salir el sol sobre todos. El que nos da la posibilidad de comenzar otra vez, incluso después de haber cometido errores. Y quizá por eso la pregunta más importante no sea: ¿dónde está Dios? Sino: ¿dónde estamos nosotros cuando Dios nos necesita?
Porque también nosotros podemos ser, aunque sea por un instante, una pequeña respuesta a las oraciones de alguien. Podemos acompañar al que está solo. Podemos escuchar al que necesita ser escuchado. Podemos levantar al que cayó. Podemos defender al que no tiene voz. Quizá ahí empieza la verdadera fe. No en decir que creemos, sino en vivir como si nuestra presencia en este mundo tuviera un propósito.
A estas alturas de mi vida, no pretendo comprender los misterios de Dios. Me basta con agradecer. Agradecer por la vida que me ha sido concedida, por las personas que he amado, por las que todavía están, por las que se fueron dejando una huella imborrable. Agradecer incluso por los dolores, porque algunos de ellos nos enseñaron a mirar de otra manera.
Y cuando llega la noche y todo queda en silencio, me gusta pensar que quizá Dios no está tan lejos como imaginamos. Quizá está en ese silencio. Quizá está en nuestra memoria. Quizá está en la posibilidad de volver a amar. Quizá está en nosotros mismos. Dentro de nosotros mismos… Y entonces entiendo que creer en Dios, no significa dejar de tener miedo, ni dejar de sufrir, ni esperar milagros.
Significa algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil: no perder la esperanza ni por supuesto la fe. Porque mientras exista esperanza, todavía hay camino. Y mientras haya amor, quizá Dios siga estando aquí.
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Columnista: Gilda Montaño |
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