Les platicaba la semana pasada de los miles de migrantes que tenemos asentados en nuestro país. Ellos ya se volvieron parte nuestra. Yo he tenido la suerte de trabajar y hacer un par de libros para el todavía Instituto Nacional de Migración, antes de que cambie de nombre, y la verdad es que lo quiero mucho. He aquí algunos datos que elaboré para el mismo:
“Con motivo de la epidemia de peste bubónica en 1903, el gobierno de México empezó a estudiar la inmigración extranjera, en particular la china y la japonesa, la cual aumentaba notablemente en el Pacífico norte al ser rechazada en Estados Unidos. Mientras los turcos invadían el Pacífico sur y la porción meridional del Golfo de México, los orientales que directa y clandestinamente llegaban de Asia, se internaban a México por Guatemala y Chiapas”.
“La ilusión porfirista que sostenía la necesidad de una caudalosa inmigración extranjera nació de una doble creencia: los enormes y fácilmente aprovechables recursos naturales del país y una población nativa insuficiente en número y calidad.
“Álvaro Obregón declaró en 1920 que México era al mismo tiempo ‘uno de los países más ricos de la tierra’ y de los ‘que tiene menos habitantes’ y sobre todo más analfabetas y más miserables. El remedio a esa paradoja era que el capital extranjero desarrollara ‘todas nuestras riquezas’.
“Pese a su escasa población, ... -dice Ramón Beteta-, dada su heterogeneidad etnológica, México debería recibir cuidadosamente a la inmigración extranjera, impidiendo, como lo hacía el gobierno de Cárdenas, la entrada de ciertos extranjeros que despreciaban a las razas no blancas”.
“Complementaria de la creencia porfirista en los grandes recursos naturales del país, lo fue la de una población escasa en número y en buenas cualidades. ‘Faltan brazos’, fue el clamor de autoridades y particulares, aunque advirtieran la presencia (en algunos lugares abundante) de una crecida pero, a sus ojos, perezosa población indígena”.
“La élite intelectual miraba al indígena como un lastre, económicamente por su escasa productividad, y físicamente por su fealdad. Por ambas razones era preciso colmar ese vacío con una numerosa inmigración extranjera. Aunque en el porfiriato no faltaron quienes dudaran de esa ilusión, y propusieran la auto colonización como el remedio para el problema demográfico del país, la creencia en la necesidad de la inmigración subsistió durante gran parte de la época contemporánea...”
“La revolución nació con un acentuado carácter nacionalista; la oposición, aún violenta, a los extranjeros fue creciendo con los años, con gran sorpresa de éstos, convencidos como estaban de que México necesitaba de sus brazos y capitales”.
“La Constitución de 1917 trataba con mucha mayor severidad que la de 1857 a los extranjeros, llegaba aún a la arbitrariedad en la facultad de expulsarlos, mientras la constitución liberal limitaba esa facultad a los perniciosos”.
“El reconocimiento del gobierno de Obregón y después el acuerdo Calles-Monrow permitió que los extranjeros en general y en particular los norteamericanos, adquirieran bienes rústicos y urbanos”.
“... Con Cárdenas el cambio de la política demográfica es claro: se confía en el crecimiento natural de la población, aunque éste sea lento, porque si bien es deseable una población densa, más lo es una comunidad unificada, ‘laboriosa y capaz de consolidar el bienestar de nuestra raza y la plenitud de nuestra nación’”.
“... se deseaba rechazar las numerosas peticiones para entrar a México que en 1938 hicieron austriacos, alemanes, rusos, rumanos, húngaros, españoles e italianos, porque la mayoría de los peticionarios desempeñaban actividades profesionales que no se consideraban indispensables para el progreso económico del país”.
Grupos de inmigrantes, Los del continente africano.
“Las enfermedades traídas por los conquistadores españoles que habían diezmado a la población indígena, aparte de la demanda de mano de obra y la creencia hispana de que un negro podía hacer el trabajo de cuatro indios, originó el tráfico de esclavos negros, la segunda inmigración extranjera que llegó al país después de la hispana.
“Fray Bartolomé de las Casas le escribió al rey de España sobre la injusticia que se hacía a los otrora dueños de las tierras del Nuevo Continente. Fue entonces cuando el gobernador de España prohibió la esclavitud de los indígenas y los españoles buscaron una alternativa para la mano de obra barata. Así, compraron esclavos traídos de Africa por los comerciantes árabes y portugueses. Los primeros 4 mil esclavos africanos arribaron al puerto de Acapulco el 18 de agosto de 1518. Ya para 1570 había 20 569 negros y 2 437 mulatos que conformaban el 6 por ciento de la población novohispana.
“El tráfico de esclavos prevaleció durante 297 años, hasta que las autoridades lo suspendieron por decreto el 23 de septiembre de 1817. El clima de represión y discriminación originó que la población africana se dispersara en pequeños grupos por el país, dirigiéndose éstos principalmente a las costas.
“En la actualidad hay descendientes de esta raza que conservan muchas de sus costumbres, y residen en algunos poblados de la costa chica de los estados de Guerrero, Veracruz, Tabasco y Oaxaca. Este grupo étnico se asimiló totalmente, desde sus orígenes y se mezcló profusamente con la población indígena”.
(Continuará).
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Columnista: Gilda Montaño |
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