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Cuando una niña deja de ser niña, todos hemos fallado

Hay temas que deberían estremecernos siempre, sin importar cuántas veces aparezcan en las estadísticas. Uno de ellos es el embarazo infantil y adolescente. Sin embargo, el paso del tiempo ha conseguido algo peligroso: convertir el dolor en costumbre.

Nos hemos acostumbrado a escuchar que una niña de diez, once o doce años está embarazada, como si fuera una noticia más. No lo es. Nunca lo será.

Cada embarazo infantil representa una historia que comenzó mucho antes de la maternidad. Comenzó con la ausencia de información, con la pobreza de oportunidades, con el silencio en los hogares, con la falta de educación, con la violencia, con el abuso o con una sociedad que prefirió no mirar.

Una niña jamás debería cargar en sus brazos a un hijo cuando todavía necesita que alguien la tome de la mano para cruzar la calle.

Durante décadas hemos invertido enormes recursos en atender las consecuencias de nuestros problemas sociales. Combatimos la delincuencia, la violencia, las adicciones, la desintegración familiar y el abandono escolar. Pero pocas veces nos preguntamos si estamos atendiendo la raíz de todo ello.

Porque la prevención nunca ha sido tan visible como la emergencia.

Y, sin embargo, ahí se encuentra una de las mayores responsabilidades de cualquier gobierno y de cualquier sociedad.

Hablar de planificación familiar no significa hablar de limitar nacimientos. Significa hablar de responsabilidad, de amor, de libertad y de dignidad.

Significa reconocer que toda niña y todo niño tienen derecho a llegar a un hogar donde hayan sido esperados; donde existan las condiciones mínimas para crecer, estudiar, alimentarse, recibir afecto y desarrollar plenamente su potencial.

La planificación familiar no es una política contra la vida. Es una política a favor de la calidad de vida.

Cuando las familias cuentan con información, cuando existen servicios de salud cercanos, cuando las escuelas enseñan con responsabilidad y cuando los padres pueden dialogar con sus hijos sin miedo ni prejuicios, las decisiones dejan de estar gobernadas por la ignorancia.

Y la ignorancia sigue siendo uno de los mayores enemigos del desarrollo.

Durante muchos años se pensó que hablar de sexualidad con niñas, niños y adolescentes podía despertar curiosidad o fomentar conductas de riesgo. Hoy la evidencia demuestra exactamente lo contrario.

Lo que pone en riesgo a nuestros jóvenes no es la información. Es la desinformación. Es el silencio.

Es dejar que aprendan en internet, entre amigos o en espacios donde nadie les explica el valor del respeto, del consentimiento, de la responsabilidad y del cuidado de sí mismos.

La educación integral nunca destruye valores. Los fortalece.

Los países que han logrado disminuir significativamente los embarazos adolescentes no lo hicieron prohibiendo el diálogo, sino ampliándolo. Lo hicieron acercando los servicios de salud, fortaleciendo a las familias, formando mejor a los docentes y entendiendo que educar también significa preparar para la vida.

Porque la maternidad debe ser una elección consciente, nunca el resultado de la violencia, del desconocimiento o de la desesperanza.

Cada niña que permanece en la escuela multiplica las posibilidades de transformar a su familia y a su comunidad. Cada adolescente que concluye una carrera profesional rompe, muchas veces, generaciones enteras de pobreza.

Por eso el embarazo infantil no es únicamente un problema de salud pública.

Es un obstáculo para el desarrollo nacional.

Cada infancia interrumpida representa talento que el país pierde, liderazgo que nunca florece, creatividad que jamás llegará a nuestras universidades, a nuestros hospitales, a nuestras empresas o a nuestros centros de investigación.

No estamos hablando solamente de cifras. Estamos hablando del futuro de México.

Ninguna política social será suficiente si seguimos llegando cuando el problema ya ocurrió.

La verdadera inversión pública comienza mucho antes del nacimiento de un hijo. Comienza cuando protegemos a nuestras niñas, fortalecemos a nuestras familias y ofrecemos educación de calidad, información científica, atención médica accesible y oportunidades para construir proyectos de vida.

Prevenir siempre será más humano que reparar.

Más inteligente que improvisar.

Y también mucho menos costoso para cualquier nación.

La fortaleza de un país no se mide únicamente por el crecimiento de su economía ni por el tamaño de sus obras públicas. Se mide, sobre todo, por la forma en que protege a quienes todavía no pueden defenderse solos.

Una sociedad que permite que una niña cambie sus juegos por una cuna no solamente pierde una infancia.

Pierde una parte de su conciencia.

Y ninguna nación puede aspirar al desarrollo pleno mientras siga permitiendo que la infancia se convierta, demasiado pronto, en maternidad.

glmontanohumphrey@gmail.com



Columnista:
Gilda Montaño
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