08/Dec/2022
Portal, Diario del Estado de México

El sueño de Odilón Castro

Fecha de publicación:

Llegó diez años después de lo que le hicieron a mi familia. 

Sueño que voy por el campo. Llevo una pistola que quema mi mano y voy en dirección al mango del que pende un ahorcado; sobresale del maíz al otro lado de la milpa (mi milpa). Atravieso el maizal y descubro, cuando quito el costal de su cabeza, que es Mari, mi esposa, con la piel ceniza y los labios negros. Tiene tres ojos, sólo el de en medio, sin párpado, me mira. Luego llora y ahí despierto.

Tenía más de treinta años cuando aparecieron por el sendero al lado de mi casa, iban acalorados y sedientos; yo terminaba de enjuagarme el sudor y Mari alimentaba a los pollos. Oímos primero el sonido de sus caballos y los jadeos de unos cristianos, eran dos hombres con pinta de rancheros: sombrero, botas, pistolas y balas; traían amarrados a tres indios que corrían detrás de los caballos, asustados como nadie que recuerde. 

Pienso en la cara que puso Mari, en el miedo que sintió al verlos. Apenas se le notaban los tres meses de embarazo. Un día antes pensábamos en si sería niño o niña y cómo lo llamaríamos. Desde que murió mi padre no sentía que la vida me tratara bien; murió casi un año después de que asesinaran a Mario, pero ya no vivió con ganas, lo mató la tristeza; de mi mamá sólo conozco su nombre, nos dejó cuando me dio a luz.

Hincaron a los tres indios al lado de los caballos y llenaron sus bules, apenas si se hablaban. Se sentaron en unas piedras a la sombra de mi camelina cuando me dijeron que venían de parte de don Toño, un cacique dueño de casi todo el pueblo; siempre creí que su gente mató a Mario. Querían los papeles de mi tierra, la tierra de mi padre, de mi abuelo; me daban una hora para entregarles las escrituras, de no hacerlo me llevarían con don Toño. Esa angustia de no tener nada, de siempre andar perdiéndolo todo se arremolinó en mis tripas y soltó mi estómago, apenas si lo pude contener, más por Mari que por esos dos. Uno me dio treinta minutos para entrar y sacarlos pero el otro, más malhumorado, dijo que sólo tenía diez.

Entramos a la casa alumbrada sólo por los charcos de luz que se colaban por el tejado roto. “Nos van a matar, ¿verdad, Odilón?”, me susurraba Mari mientras hacíamos como que buscábamos algo que no existía. Cómo les iba a decir que no había papeles, que valían lo mismo que mi palabra. Eso que decía Mario de “hay que cargar siempre una pistola” lo relaciono al recuerdo de mi padre llorando a los pies de su cadáver, pero ahora lo consideraba. No, tampoco serviría, siempre le temí a las armas, a los hombres malos, a los golpes.

Los veíamos por una grieta entre los ladrillos de adobe; nos turnábamos para observarlos, parecía que discutían de algo y se desquitaban golpeando con sus pistolas a los indios. El ruido de un caballo los distrajo, era un tercer hombre. “Qué hacen, Odilón, déjame ver”. Cruzó unas palabras con sus compinches y luego con dos indios. Los mató de un balazo y dejó al tercero salpicado de sangre, mudo y meado. Mari se llevó las manos a la boca, apagando un grito de horror. “¿Qué pasa, Odilón?”. Sonó igual que mi padre cuando le dijeron que habían matado a Mario. 

Siempre hui de los pleitos, del alcohol, de lo que pudiera dañarme y, hasta cierto punto, de las mujeres. Toda mi fuerza se iba a la tierra, dependía de ella, de lo que daba; no sabía cómo defender tanto o si podía. Era alguien inseguro, cobarde. Mari me dijo que tenían que saber que no había papeles y yo le creí. “¿Qué pueden hacer, Odilón? La niña o el niño vale más que esta y toda la tierra”. Pensaba que si se las daba nos dejarían ir, que viviríamos un tiempo con sus padres en lo que me hacía de otras tierras. Pobre Mari, ignoraba que los indios de afuera habían muerto por no tener las mentadas escrituras; si no había dueño ni papeles era más fácil quedarse las tierras. 

Salí con Mari al lado, me colgué en la espalda dos petates y dos gabanes enrollados; éramos como perros que buscan redimirse con su amo; le temía más a la muerte que a no tener nada. “¿Encontraron los papeles?”, dijo uno. Agaché la mirada y apreté los ojos. “No”. Le estaba explicando que podían quedarse las tierras cuando repitió gritando si tenía los papeles. Al no recibir respuesta, le disparó a Mari de una forma repulsiva, como si le doliera gastar una bala en ella. Le dio en la frente, como si le hubiera sembrado otro ojo. Repetía la historia de mi padre, llorándole a un hijo que ni siquiera conocía, muerto en su madre inmóvil. Todo el temor que sentí en mi vida salió y pegó mis huesos; no sentí ni el balazo que me dieron en las costillas derechas. Tampoco cuando mataron al tercer indio, que no paraba de gritar. No sé por qué se ensañaron conmigo, qué les provocó tanto odio si de todos modos se iban a quedar con mis tierras. 

Me llevaron debajo del mango, lanzaron una cuerda y le hicieron un nudo de ahorcado que dejaron al mismo nivel que mi cuello; la sujetaron con fuerza en mi nuca y me colocaron un costal de arroz en la cabeza. Ahí me dejaron, baleado y con la imagen de Mari muerta al otro lado de la milpa metida en mi cabeza como la bala que la mató. Recuerdo el dolor del balazo agudizarse cuando llovió. Le rogué a Dios que muriera pronto, pero algo, no sé si el propio miedo a la muerte, lo impidió. Pasé dos días parado sin poder moverme ni morirme. Cuando dormitaba, mis rodillas vencidas por el cansancio se doblaban y el asfixio me despertaba. 

Me encontraron vivo la noche de un martes. Me dijeron que el pueblo se rebeló contra don Toño y sus matones, que los quemaron en su propio rancho, que yo sobreviví de puro milagro.

Estar vivo no es algo que quiera hacer todos los días. No entiendo por qué Dios me quiere vivo si parece que me odia como a ninguno de sus hijos. Atlatenco me parece un lugar donde la muerte vive y come desde entonces. 

Después de eso me dio miedo dormir. La oscuridad me llevaba al costal de arroz y al rostro de Mari. Cuando el cansancio me ganaba y caía rendido, tenía sueños cortos que luego se hicieron más largos y, al fin, meses después, dormí con naturalidad. Digo con naturalidad porque dormía como cualquiera, pero dejé de tener sueños. Dormir sin soñar es como estar muerto unas horas. Un día, como para recordarme que no soy bienvenido en esta tierra, tuve un sueño en el que yo era uno de esos malditos y Mari colgaba del árbol, viéndome con un ojo rojo. No me sorprendió cuando al siguiente día soñé lo mismo, y al otro también, y al otro. 

Tengo setenta y tres años y llevo teniendo el mismo horroroso sueño desde hace unos treinta.

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