18/Apr/2024
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ROSTROS ITINERANTES de Delfina Careaga. Capítulo VI

Fecha de publicación:

 “ROSTROS ITINERANTES” 

NOVELA ACREEDORA A LA BECA FOCAEM 2012 

(Inspirada en la vida y obra del pintor Felipe Santiago Gutiérrez) 

DE DELFINA CAREAGA

CAPÍTULO VI

Por fortuna resultaron poco complicados los trámites que siguieron para otorgarle a Andrés una beca durante un año, gracias a su precoz maestría. Al término de ese tiempo reglamentario y bajo estricto examen, dicha ayuda podría renovarse con el mismo proceso durante cinco años más. El muchacho y su hermano estaban felices. Así, pues, quince días después de haberse presentado con el director Iturralde, Andrés María iniciaba sus estudios con el maestro Cástulo Reyes. En su clase había siete jóvenes entre 16 y 19 años. Andrés, pues, era el Benjamín de esa camada de pintores. Sus compañeros, con una sonrisa que se acercaba mucho a la conmiseración, lo miraron entrar. ¿Qué podría hacer un chamaquito de casi 13 años con ellos que le llevaban tantos?, pensaron. 

         El maestro Reyes lo saludó afectuosamente y lo presentó a los demás.

         —Andrés María Guzmán ya es un gran dibujante. Considérenlo un verdadero compañero a pesar de su corta edad.

         Y él, contento, continuó aprendiendo lo que le había empezado a enseñar su querido maestro de Texcoco.

(Foto: acadmiasancarlos.unam.mx)

         —Con base en los objetos de un uso indispensable —tales como la forma y manejo de los instrumentos, la calidad de las materias, su preparación, el modo de emplearlas—, finalmente cada artista se crea un método particular para la ejecución de su trabajo, de modo que puede decirse que cada uno tiene su secreto en la manera particularísima de ejecutar su arte —decía el maestro en ese primer lunes de clases para Andrés—. Ahora quiero ver cómo interpretan este tema. —Y les puso sobre la mesa una naturaleza muerta.

         Al terminar la clase Reyes pasó revista a los caballetes y se detuvo ante el de Andrés.

         —Hagan favor de acercarse al dibujo de este alumno para que se den cuenta de sus aptitudes.

         Él sintió que enrojecía hasta la raíz del pelo. Por primera vez su trabajo era expuesto a la crítica. Los muchachos fueron acercándose y al contemplar el dibujo que había ejecutado Andrés, muchos levantaron las cejas en señal de admiración El profesor sacó su reloj de una de las bolsas de su chaleco y dijo:

         —Bien, ya dieron las dos de la tarde. Váyanse a comer y nos vemos de nuevo a las tres y media en punto; entonces haremos un análisis de este trabajo.

 

         Julio, un joven de 16 años, pelirrojo, con pequeñas gafas redondas, alto y muy fuerte, se acercó al chico que estaba a punto de salir y le habló ceremoniosamente, como se usaba entonces.

         —Yo soy Julio Ladrón de Guevara, a sus órdenes, y usted se llama Andrés ¿verdad?

         El aludido le sonrió cálidamente. Y salieron de la Academia.

         —Sí, Andrés María Guzmán, para servirlo —respondió él y empezaron a caminar juntos hacia el patio—. ¿Usted tiene mucho tiempo de estudiar aquí?

         —Dos años. Pero reprobé el primero —contestó Julio sin darle importancia al hecho.     

         La calle lucía muy concurrida. Se veían coches tirados por caballos, y algunos hombres y mujeres de todas las clases sociales la cruzaban para ir a sus destinos, y otros, caminando sin prisa, simplemente paseaban.

         —La verdad, usted sí que tiene talento, Andrés. ¡Quién lo hubiera creído! Aún es tan chico. —Dijo el joven sintiéndose un hombre mayor.

         —Es que yo también he estudiado ya un año entero en Texcoco, mi pueblo. —Añadió Andrés feliz de este primer encuentro.

         —Ah —contestó Julio lacónicamente. De pronto, Andrés se dio cuenta que caminaban en sentido contrario a la vecindad.

         —Disculpe, Julio, yo voy por otro rumbo. —Y luego, sonriendo, dijo—: Nos vemos más tarde ¿verdad?

         —Claro —contestó el otro—. Pero antes te propongo que nos hablemos de tú, ¿quieres?

         —Por supuesto —dijo Andrés pensando ya en la carta que le escribiría a Tiburcio contándole esta primera amistad.      

(Foto: Cortesía Delfina Carega )

            Al llegar a la vivienda abrió con su propia llave. Como Gabriel salía de la fundición hasta las siete de la tarde, le había dejado en el brasero un substancioso cocido y un pan de centeno junto a una jarra de agua fresca. Al sentarse a la mesa, el chico fue herido de pronto por una nostalgia que amalgamaba toda su vida anterior, la que curiosamente le regresaba con fuerza los recuerdos. Era una sensación ambivalente: por un lado, sabía, agradecido, que la vida lo privilegiaba; pero por el otro, como nunca, echó de menos a su madre, a la poderosa silueta de su padre, y atrás de estas imágenes, mentalmente, apareció la de Tiburcio. Aunque ya tenía quince días de comer solo, esta vez fue la verdadera toma de conciencia de su nueva existencia. Una imperiosa tristeza lo impulsó a dejar la cuchara en el cocido; su apetito había desaparecido.

         A los ocho días de ir diariamente a la Academia, los siete compañeros ya eran sus amigos. Sus diferentes personalidades y sus distintas aptitudes para la pintura mantenían interesado al muchacho. Era sorprendente la simpatía que invariablemente éste despertaba a grandes y a chicos hasta el grado de que sus habilidades no provocaban envidias.

         Uno de ellos, Enrique Javier Ramos era el preferido de Andrés. Enrique tenía 17 años, era un joven sereno, pero sobre todo, lo que más atraía a Andrés María era la soltura de mano que tenía para el dibujo. En unos minutos dibujaba lo que quería sin despegar el lápiz del papel. Andrés trató de acercarse a él, pero Enrique era muy introvertido y no tuvo éxito la intención del chico de ser su amigo. Por el contrario, era Julio quien buscaba a Andrés y un día lo invitó a comer después de clases.

         —No sé si debas ir. En realidad no lo conoces… ¿En dónde vive? —preguntó Gabriel esa noche en que Andrés le contó de su amigo. Les gustaba conversar antes de dormir, ya acostados en sus camas y de esquina a esquina.   

         —Vive en las afueras de la ciudad. Julio dice que en la Hacienda de la Condesa. Su familia es hacendada, pero a la hora de la comida no va hasta allá porque está muy lejos. En la nochecita, su cochero pasa por él cuando salimos de clases. Por eso me invitó a comer mañana en “El Partenón”, un restorán que está a una cuadra del Zócalo.

         —¡A “El Partenón!”… ¡el restorán de más lujo de toda la ciudad!

         —¿De veras, Gabriel? —preguntó Andrés sorprendido.

—Seguro. Es de los más caros, y sólo va gente de postín. Ese Julio ha de ser un valedor sumamente rico.

         —Puede ser, pero, entonces ¿estaría bien que vaya yo?

         —Bueno, si no te lleva a su casa.… —contestó Gabriel arropándose hasta el cuello y cerrando los ojos. Andrés ya no tuvo tiempo de preguntarle por qué había dicho eso. Y también se dispuso a dormir.

El muchacho nunca pensaba en su atuendo, ni en el color moreno de su piel, pero cuando entró al gran salón que constituía a “El Partenón”, con sus mesas de mármol, sus manteles inmaculados, su vajilla de plata, y con las tres grandes arañas que adornaban con majestuosidad al restorán, instintivamente bajó los ojos y vio sus botines, limpios pero desgastados y en el derecho, una rotura que empezaba a dejar de ser invisible. Se sintió cohibido. Por primera vez hacía comparaciones de dinero, de clases sociales… Julio, en cambio, parecía no fijarse en estos asuntos.

(Foto: cassat.mx)

         Un mesero elegantemente vestido se les acercó y haciendo reverencias al joven Ladrón de Guevara los llevó hasta una mesa en el centro del restorán. Andrés, como siempre que se asombraba abría mucho los ojos y entreabría la boca.

         —No creas que todo lo que relumbra es oro, Andresito. La comida, aquí, no es que sea mala, pero tampoco es tan buena como la que se guisa en mi casa. La próxima vez, te invito allá para que veas la diferencia —dijo Julio poniéndose la bordada servilleta sobre las rodillas.

         Él y Andrés comieron en abundancia. Hablaron mucho de las clases de pintura, del maestro, de los compañeros.

         —Al principio se reían de mi apellido. Decían que era increíble que me llamara “Ladrón” sin que me diera vergüenza decirlo; y les tuve que explicar que mi apellido nace en el País Vasco, en España, desde el año 870, pero que venimos directamente del conde don Ladrón I° señor de Guevara y de Oñate y conde de Álava, quien, en el siglo XII, precisamente, inició el linaje de los Guevara.  Además, en el latín primitivo “ladrón” no quiere decir ladrón como ahora lo interpretamos; su traducción es… es… bueno, en este momento no me acuerdo bien de su significado… —Y volviéndose hacia su amigo le inquirió—: ¿Y tú, Andrés, de dónde provienes?

         El niño se quedó estupefacto. Apenas si sabía los nombres de sus abuelos. ¿Por qué nunca pensaría en eso? Y no pudo evitar el nerviosismo.

         —¿Yo?… —dijo sin saber qué decir—, pues… —Y de pronto se le ocurrió comentar—: ¿Te has fijado de qué manera Regino Mondragón y Lucio Mendizábal, miran tus trabajos? Es indudable que te admiran, Julio. Se quedan viendo y viendo tus trazos sin disimularlo frente a todos. No me digas que no lo has notado —dijo con tan encantadora sonrisa, que el aludido se olvidó de su propia pregunta.

         —Ah, sí —contestó—, ya me había dado cuenta. Pobres. Es que también son becarios y necesitan obtener las mejores calificaciones para que les sigan dando las becas. Porque el único que sabe lo que hace eres tú, Andrés, por eso eres mi amigo, porque en mi casa se nos enseña a admirar el arte desde que nacemos. Pero ellos, claro, los pobres, me ven verdaderamente como a un dios.

En ese instante Andrés María se acordó de la frase que había escuchado de Regino la tarde anterior: “Este Julio nació para señorito, ¡nunca para pintor!”. Y le respondió con la rapidez de un rayo:

         —Por supuesto, como tú ya les llevas un año de ventaja, pues es natural que sepas más que ellos ¿o no?

         Por un instante Julio titubeó; al no recibir el halago esperado no supo qué responder, pero de inmediato volcó toda su atención en el exquisito voul au vent que esperaba sobre su plato. —Vaya, esto parece estar más o menos comible —dijo fingiendo naturalidad.

(Foto: Houtbois)

         Al pedir la cuenta, Andrés volvió la mirada prudentemente, sin fijarse en el fajo de billetes que Julio sacó de su bolsillo para pagar la comida.

Esa noche Gabriel le preguntó a su hermano qué tal le había ido en “El Partenón”. Andrés se lo contó con todos los detalles. Y cuando le platicó la conversación que había tenido con Julio, Gabriel saltó de entusiasmo.

         —¡Qué bien le diste la vuelta a ese fanfarrón! No sé cómo puedes soportarlo.

         —Es que, a pesar de su sangre pesada, es buen amigo, Gabriel, eso lo salva.

         Después de unos momentos de silencio, Andrés empezó a hacer algunos razonamientos sobre el dinero y la posición social. Gabriel se incorporó y quedó sentado en la cama. Hablaba despacio, como era su costumbre, pero en el fondo se notaba una pasión que Andrés hasta ese instante advertía.

         —La clase popular somos prácticamente todos los mexicanos. Atravesamos una época difícil; aún no se ha estabilizado todo lo que se ganó con la Revolución; es un tiempo de transición ¿me entiendes?, y ya te dije: para los que no nacemos ricos, sobrevivir no resulta fácil… Pero pasará esta etapa, hermanito, ya verás. Algún día terminará el poder de los poderosos, el poder hasta ahora voraz de la Iglesia, de los que todo tienen, ¡y el ejército terminará apoyando al pueblo! Yo…

Y de pronto calló. Quería decirle a Andrés tantas cosas pero se contuvo pensando que aún no era conveniente, que a lo mejor su hermano podría sentirse confundido…… En otro momento le habría revelado que algunos patriotas luchaban con el arrojo y determinación de los verdaderos héroes de nuestra patria; con su valentía y honestidad, su sana determinación por mantener su independencia de clase frente al Estado burgués y sus representantes políticos… Porque era necesario ¡volver a pensar en los demás! ¡Darle por fin voz al pueblo!… Y abruptamente sólo dijo un rápido “buenas noches” cubriendo su cabeza con las mantas y terminando así toda conversación.

         Por su parte, el jovencito ahora encontraba la razón por la que esta ciudad estuviera tan llena de contrastes.

         —Pues yo no quiero ser ni como ellos ni como nadie —dijo Andrés en un estallido que a él mismo sorprendió—. Yo quiero ser yo, aunque ni siquiera sepa quiénes fueron mis bisabuelos. Y yo también pienso en la gente, Gabriel, ¿por qué crees que decidí ser pintor?… Yo lucharé por mi país de forma diferente a los demás. Ya verás. Ya tú lo verás, Gabriel. —Y como sellando sus palabras tan determinantes, también se cubrió con las frazadas hasta la cara pensando que, en realidad, no sabía bien a bien lo que había dicho.

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