18/Jun/2024
Portal, Diario del Estado de México

ROSTROS ITINERANTES de Delfina Careaga. Capítulo XII

Fecha de publicación:

ROSTROS ITINERANTES” 

NOVELA ACREEDORA A LA BECA FOCAEM 2012 

(Inspirada en la vida y obra del pintor Felipe Santiago Gutiérrez) 

DE DELFINA CAREAGA

CAPÍTULO XII

CAPÍTULO 12

La exposición fue lúcida y aplaudida. Consistía en 50 cuadros en donde se mostraba sin lugar a dudas el extraordinario talento del artista. Todos y cada uno de sus trabajos ostentaba su habilidad para manejar el lápiz, lo mismo que la acuarela y el óleo, ya se tratara de un retrato, un tema religioso, un paisaje o un asunto costumbrista, demostrando, además, los altos niveles de enseñanza que se lograban en la Real Academia de San Carlos.

Los críticos catalogaron a toda su obra como la mejor demostración de los cánones académicos, y fue advertida la influencia que Andrés había recibido de la pintura de su maestro Clavé, uno de los pinceles más connotados de España y de México, aunque estuvieron de acuerdo en que el discípulo les pareció mejor pintor que el maestro.

Antoni Clavés Archives.

         Entre los concurrentes también había dos o tres reporteros que no dejaban de apuntar en sus libretitas, los títulos de los cuadros, la técnica de cada uno de ellos y los nombres de los asistentes…

         —Me parece —dijo Ignacio a Andrés— que hoy es un día fundamental en su carrera. Mañana aparecerá por primera vez su nombre en el periódico local, así como en los de la capital.

         —Y todo esto gracias a usted —respondió Andrés— ¡Nunca podré pagarle tanto interés, tanta bondad hacia mí, abogado!

         —Ya me lo está pagando, querido amigo: su triunfo es el mío, el de nuestra república, a pesar de que no ha mucho acaba de nacer.

         Los caballeros, con cierta solemnidad, se acercaban a felicitarlo en tanto las damas semi ocultas, coqueteaban tras de sus abanicos. Los periodistas le hacían preguntas interrumpiendo las felicitaciones. Andrés se sentía feliz, un tanto mareado como si no pudiera explicarse con razones el hecho de estar ahí recibiendo enhorabuenas de la gente más distinguida. Por unos instantes pensó en Gabriel… y en su madre y también y sobre todo pensó en Tiburcio. ¡Las tres personas que más lo habían querido! ¡Cuánto hubieran gozado este acontecimiento!

         Entonces llegaron Julio y sus padres. Los tres abrazaron a Andrés calurosamente. El señor Ladrón de Guevara habló con voz potente.

         —¿Me quieren hacer el favor de informarme con quién se entiende uno para la compra de algunos de estos cuadros?

         Todos se volvieron hacia Andrés que no sabía ni qué hacer ni qué decir. Fue Tomás Zubieta quien lo sacó del atolladero.

         —Conmigo, si es que el artista me lo permite.

         —Por favor —respondió inmediatamente el aludido.

         No sólo el padre de Julio se acercó al licenciado Zubieta, también lo hicieron otras personas.

         El señor Ladón de Guevara compró una acuarela que reflejaba el recuerdo que Andrés había conservado de la primera impresión de aquellas céntricas calles de la Ciudad de México, al llegar, ¡hacía tanto!, de mano de Gabriel. Una dama de edad avanzada, compró el óleo de la ascensión de la Virgen. Y una señora joven había adquirido un dibujo a lápiz de la catedral de Toluca.

Felipe-Santiago-Gutierrez-.-Exposición-Apuntes-de-viaje-2018

         La cantidad que Tomás Zubieta pidió por cada uno de ellos, le pareció a Andrés simplemente una locura, pero por lo visto no pensaban así los compradores que pagaron sin chistar. Andrés se sentía flotando dentro de un sueño. Tendría suficiente dinero —además de su sueldo como catedrático—, para, a lo mejor, hasta comprar una casa modesta, ayudar a su hermano y juntar para… Y ahí se quedó en suspenso; todavía la idea no se cuajaba totalmente, era más bien un deseo indecible que no sabía concretar pero que en ese instante lo halló en su corazón desde siempre. Ya saldría por él solo. Ahora, lo mejor era dedicarse a gozar el momento. Escuchaba las voces de admiración, de halago ante su pintura mezcladas con una música deliciosa que varios músicos interpretaban a sottovoce en el fondo del salón; melodías que tan bien encajaban en esa atmósfera radiante que lo rodeaba. Veía entonces sus propios cuadros y como si los hubiera realizado otro, confirmaba objetivamente su valor. Era cierto que él conocía su potencialidad, pero nunca, hasta entonces lo había admitido ante sí mismo. Los invitados daban vueltas y vueltas con delicado y rítmico paso, mirando y deteniéndose ante las pinturas como en un paseo celestial bajo la luz destellante de las lámparas que avivaban los colores de las pinturas y de los suntuosos trajes, los sombreros, las alhajas. Allá, en un extremo del salón, Julio charlaba con cuatro o cinco señoras que lo escuchaban riendo a su alrededor.

Más tarde, cuando prácticamente se habían ido todos, Julio y sus padres se despidieron de Andrés, en tanto la señora le decía:

         —Y acuérdate de que en tus vacaciones te esperamos en la Hacienda de la Condesa, no puedes, desilusionarnos, Andrés.

         —No lo haré, señora, muchas gracias.

         Luego, Julio se le acercó, y extrañamente serio le dijo:

         —Yo fui el primero que supo que triunfarías. ¿Te acuerdas cuando nos conocimos?

         —Siempre lo recordaré, amigo —respondió Andrés verdaderamente emocionado—. Ustedes son ahora mi familia.

         Sánchez Molina, al ver que se marchaban los invitó a quedarse esa noche en su casa. No obstante, ellos rehusaron, pues un primo suyo, también residente del lugar, los esperaba.

         Las transacciones habían sido atendidas por Tomás. Al quedarse solos entregó a Andrés el producto de las ventas.

         —Gracias, gracias, licenciado Zubieta. No puedo más que repetirle esa tonta palabra que no habla cabalmente de mi agradecimiento. —Y después musitó tímidamente—. Y es que su disposición tan espontánea y generosa de ser mi intermediario comercial en la venta de mis pinturas… eso, eso, además de agradecérselo, debe tener un pago que yo…

Tomás soltó una carcajada.

—¡Por Dios, Andrés!, no pretenderá darme dinero ¿verdad?

La frase sonaba tan absurda que volvía ridícula la idea. Y Andrés también se rió para ya no insistir en el asunto.

Tomás se acercó y le dio un abrazo fuerte, viril, cariñoso.

         —Es apenas lo que tú te mereces. —Luego añadió jocosamente—: Desde ahora mismo ya no soy para ti el solemne “licenciado Zubieta”, sino Tomás, tu amigo. Y tú dejas de ser el eminente Maestro Guzmán, para volverte sencillamente Andrés, mi amigo. ¿Qué te parece?

         —Tienes razón, Tomás —respondió Andrés conmovido y correspondiendo al abrazo.

         Después, Ignacio propuso un brindis.

         —¡Por el arte!

         —¡Por el arte! —contestaron Andrés y Tomás.

 

Andrés tuvo dificultad en dormir. Su mente continuaba repleta de las imágenes de esa noche inolvidable. Sonrió pensando que ya conocía el éxito a los 24 años de edad; un dulce triunfo, ciertamente

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