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En búsqueda de una verdad

Ari*

La inquietud se puede manifestar de distintas formas, en diferentes momentos y sobre diferentes situaciones; en mi caso se manifiesta desde que tengo uso de memoria, en mi infancia. Muchas preguntas siempre se hacían presentes en mi mente, ¿por qué es importante comportarse de cierta manera?, ¿por qué son importantes las matemáticas?, ¿por qué mi desempeño ha variado a lo largo de los años?, y así una infinidad de interrogantes sobre todo lo que me rodeaba; por acto instintivo solía preguntar a mis padres o familiares cercanos, pero también debía ser cuidadosa conmiseración cuestionamientos; acerca de las preguntas más “sencillas”, solían darme respuestas que me dejaban tranquila por un momento hasta que se me olvidaba, pero conforme crecía, más preguntas complejas me invadían y ya no sabía a quién recurrir porque las respuestas a las cuales estaba acostumbrada ya no me satisfacían; por lo tanto, la inquietud que se encontraba dentro de mí crecía y crecía hasta que llegué a un punto en donde me sentí perdida, estancada y sin saber a dónde ir o qué creer.

Decidida a encontrar algún tipo de ayuda que me brindara una respuesta, intenté recurrir a un psicólogo, pensaba que posiblemente esa inquietud tenía que ver con algún malestar interno, pero parecía ser que no era así. Con esto no pretendo restar importancia a esta área de la salud, sino que, no me funcionaba porque solamente predominaba el temor de que no iba a encontrar la respuesta que estaba buscando; antes bien, causó la creación de más preguntas respecto a mí y que posiblemente esa respuesta a la que tanto aspiraba se encontraba más cerca de lo que pensaba, pero justamente, debía seguir buscando.  

También existía la alternativa de acercarme más a Dios para encontrar algo en él, pero como mi visión se había nublado respecto a la religión, en realidad no lo consideré como opción. Aquí tampoco pretendo entrar en un debate sobre la religión porque obviamente la perspectiva de cada uno va a cambiar, posiblemente a unos les ayudó en alguna situación crítica y a otros quizás no; en mi caso, sé que Dios es un ser tan poderoso que merece ser contemplado con respeto. Tenía la certeza de que de una manera u otra me daba pistas sobre en dónde podría encontrar mi tan anhelada respuesta.

En mi imparable búsqueda, se cruzo conmigo la filosofía, tan enigmática y curiosa, que al igual que yo se encontraba también buscando una verdad, pero ¿cuál verdad? En realidad, no me lo dijo, pero de lo único que estaba segura la filosofía es que también debía seguir buscando, y es así que me invitó a unirme a ella, tenía el presentimiento de que posiblemente estábamos en busca de lo mismo así que me uní a ella para poder buscar juntas. A día de hoy, seguimos sin encontrar respuestas, pero en el recorrido he aprendido muchas cosas de ella, me hablo de personas que se unieron a ella hace siglos e incluso de otros territorios, que al igual que ella y como yo, se emprendieron a buscar algo más que parecía escapar lejos de nuestro entendimiento. En ese recorrido, aquellas personas y la filosofía conversaban, les surgían ideas interesantes, encontraban maneras de entender por qué se sentían de ese modo, creaban conceptos curiosos que se les ocurrían en el camino y también los aplicaban mientras continuaban buscando preguntándose si eso les permitiría llegar a su objetivo. Gracias a estas anécdotas que me narra la filosofía, la búsqueda que carcome mis días, ya no se siente tan pesada y la inquietud que en mi predominaba también se ha ido esclareciendo, permitiéndome observar las cosas que me rodean de un modo distinto y que reducen un dolor que no sabía que también cargaba.

*Estudiante del 5° semestre en filosofía de la UAEMex, integrante del Colectivo Estudiantil Humanista


 


Categoría:
Cultura
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