21/Apr/2024
Portal, Diario del Estado de México

He Matado

Fecha de publicación:

El sol matinal entra a través de la cortina a nuestro nuevo departamento, cinco pisos arriba de la calle, y va irradiando ese calorcito que me invita a quedarme en la cama. Camila maúlla, se echa cuan larga es sobre la duela bañada de sol al ver que su drama no la lleva a nada. Se queja de que la ventana, ese portal al abismo del que dispone a sus antojos, esté cerrada. 

Con esta mañana comienza un día soleado en el que saldré con mi pandilla de excursión. Un gran concierto en una zona boscosa cercana a La Marquesa. Mis amigos y yo tenemos planeado comernos unos dulces: Ale va a conseguir un cachito de una planilla de ácidos. Quedamos de vernos en una cabaña de madera pintada de rojo dentro de un campamento en un bosque de altos pinos a la salida poniente de la ciudad. Ahí nos subiremos al carro de Diego y él nos llevará finalmente al concierto. 

Apenas llego al campamento y me doy cuenta de que fue una pésima idea reunirnos ahí: la gran idea de Diego es la misma que la de muchísimos otros morros que abarrotan el lugar. Mientras camino en busca de la cabaña de color rojo puedo sentir en el aire un olor a leña encendida. Piso tierra suelta, de esa que se esparce como polvorón al dar el paso. 

Ahí está la cabaña roja. La puerta está abierta y escucho voces en el interior. Me asomo y me encuentro con tres chicos. No, no son mis amigos, sin embargo, me parece que los conozco. Claro, son amigos de Julieta, mi ex roomie. Unos nefastazos que estaban en aquella reunión de su cumpleaños, una reunioncita que rápidamente escaló en fiesta del terror y que fue el inicio de todas las broncas de convivencia que tuvimos y por las que, finalmente, me mudé a vivir sola al departamento del quinto piso en cuanto se desocupó. No quisiera dirigirles la palabra, les saludo apenas levantando un poco las cejas, mientras reconozco entre esas tres caras la del amigo de Julieta que estaba parado encima de la jardinera del balcón, pisoteando mis plantas esa noche de la fiesta. 

–Oye, ¿te podrías bajar de ahí? Estás pisando mis plantas. 

El tipo me plantó una mirada pendejamente retadora y se bajó de la jardinera no sin antes dar sendos brincos sobre las matas moribundas. Enfurecida, saqué del balcón al tipo y a sus acompañantes a punta de gritos y mentadas de madre. Había tanta gente en el resto de la casa y la música tocaba tan alto que mi rabieta se extinguió entre el ruido de la fiesta. 

Si puedo señalar un sentimiento con el que me dejo llevar sin riendas, es el enojo. Desde que puedo registrar recuerdos, esa emoción ha estado ahí. Es como una mancha que me emana del vientre. Toma control de mis manos que se aprietan con fuerza, de mi cara que no puede ocultar que algo por dentro me está llevando a un lugar que es mío, muy mío. Furiosa, tengo en mi memoria la cara de miedo de Claudia, mi mejor amiga de segundo de primaria, justo un instante antes de que le asestara el golpe que le arruinó sus lentes. Me llevaron a la dirección, habrán hablado conmigo y yo seguramente no habré contestado. ¿Por qué lo hiciste? ¿Qué sientes? ¿Qué te llevó a hacerlo? Creo que entonces no sabía cómo llevar a cabo ese clavado introspectivo necesario para encontrar las respuestas a esas preguntas. La mancha no me dejaba asomarme adentro. 

La directora me envió de vuelta a mi casa con una suspensión. Me fui sola caminando de regreso porque en casa no había nadie a quien avisar: mi papá no vivía con nosotros, mi mamá trabajaba en un laboratorio, en la marina de un pueblo pesquero cercano, a donde no había llegado la sofisticada tecnología de la línea telefónica, los celulares no existían aún. Bajé por el cerro que separaba mi casa de la escuela, sorteando las rocas que me sabía de memoria, mientras la mancha me iba abandonando, pausadamente, a cada paso que daba. En silencio, crucé el claro del chaparral que siempre me ha parecido idéntico al claro en el bosque de todos los cuentos que leí de niña. Llegué a casa y me metí por la ventana a mi recámara; no había nadie. Nadie se daría cuenta de que llegué más temprano, no tendría que dar explicaciones. Me dormí el resto del día, el peso de la mancha me había dejado exhausta. Creí de veras que mi actuar saldría impune. Fingiría sentirme mal a la mañana siguiente para quedarme en casa, justificando así ante mi madre mi inasistencia a la escuela. Pero de algún modo alguien le dio aviso. Cuando ella entró a mi recámara para despertarme, sus ojos me dijeron todo lo malo que era enfurecerse del modo en que lo hice en la escuela. 

Me adentro por el pasillo de la cabaña roja para cerciorarme de que Ale o Diego no estén en alguna de las habitaciones esperándome, pero no los encuentro. Me arreglo el cabello frente al espejo del baño y al salir al pasillo me encuentro de frente con esa cara que me mira de fijo a los ojos. En la mano derecha sostiene una caguama y con la izquierda me lanza un zarpazo al pecho y me estruja uno de los senos. En mi horror reparto manotazos al aire sin lograr que deje de tocarme. Mis movimientos son torpes, lentos. Me toca de un modo enfermizo, me desespero, ríe, y de su boca abierta se escapan gotas de saliva. Cierro el puño derecho y le arrojo un gancho a la quijada que hace contacto apenas con la suavidad de una caricia, del mismo modo en el que en sueños se tiene el ímpetu de correr, pero no se logra avanzar. Siento una rabia que me desborda el cuerpo desde el vientre y un zumbido en el oído me silencia la mirada. Es la mancha. Todo es oscuridad. 

Cuando recobro la escucha y vuelve a mí la mirada estoy batiendo, de pared a pared del pasillo, el cuerpo del amigo de Julieta. Lo tengo sujeto del brazo izquierdo y con una fuerza poderosa lanzo su cuerpo de una pared a otra. La caguama está derramada en el suelo. Me detengo confundida. Salgo a toda prisa de la cabaña por la puerta de atrás, corro entre los árboles con la mancha dentro de mí. En el aire hay un olor a leña quemada. En la carrera mis pies levantan nubecillas de tierra fina como el azúcar glas que se dispersa al morder un polvorón. Le doy la vuelta al campamento y allá a lo lejos veo otra cabaña roja. ¿Me habré equivocado de cabaña? Mientras me acerco distingo las siluetas de Ale y Diego que están ahí afuera esperando por mí. Ya estamos todos reunidos, es momento de partir. Caminamos juntos hacia el auto y algo a nuestro alrededor se agita. Mientras nos dirigimos hacia la salida del estacionamiento: conmoción. No podemos salir del campamento. Algo ha sucedido. Golpe en el pecho, trago saliva. Policías en todos lados. Bajamos del auto. Conmoción. Algo palpita a nuestro alrededor y escuchamos las voces de un hormiguero que se agita. Un siniestro. Sangre amoratada en narices y bocas. Varios cuerpos. Cuerpos rotos. Caras desfiguradas. Coño, la angustia de saber que sólo yo habría podido dejar que las cosas llegaran a este punto. Cuerpos amontonados en el pasillo de una cabaña. Una cabaña roja. Tres cuerpos. 

Tuve que haber sido yo. Pero, ¿tres cuerpos? 

Diego se molesta porque el concierto empieza temprano y vamos a perder un chingo de tiempo aquí; la policía cerró los accesos. Ale se lo toma con calma y yo me mantengo en silencio y trato de repasar el orden de las cosas que acaban de suceder sin lograr entender nada. Tres cuerpos. ¿Qué hice? Siento un mareo y me recargo en el auto, abro la portezuela y me dejo caer en el asiento segura de que el ácido me está pateando en este mismo instante. Me concentro en no dejar de respirar, y así me quedo por un espacio de tiempo que no sé descifrar. ¿Poco? ¿Mucho? Unas horas, no sé. Lo suficiente para que la policía hubiera armado un caso sólido y heroicamente, lograra tener en custodia a los sospechosos de la responsabilidad del siniestro. Un caso sólido, un hecho consumado. ¿Qué pasó? No fueron ellos… ellos, ¿quiénes? No había nadie más en esa cabaña. ¿Qué pasó? Si no fueron ellos, ¿fui yo? Fui yo. 

La mancha, todo indicaba, se saldría con la suya. 

La angustia no llegó de pronto. Se fue instalando despacito. Ellos no habían sido. ¿Qué había pasado? Tragué saliva con dificultad, me dispuse a estudiar los eventos: recuerdo a ese tipo manoseándome el pecho, riendo mientras trato en vano de quitármelo de encima. Me recuerdo desesperada por detenerlo. Recuerdo que me enfurecí. Creo que ya puedo ver la sangre. La salpicadura húmeda, densa, en la pared. Puedo verme batiendo sin esfuerzo su cuerpo, liviano, de un lado a otro. La cabeza que cuelga como la de un muñeco y que pierde la forma mientras deja un rastro morado y viscoso en la pared. Sí, ya lo recuerdo. Pero, ¿y los otros dos cuerpos? ¿Qué pasó? 

Salgo del carro y digo a mis amigos que voy a buscar un lugar donde orinar. Cruzo el campamento y me dirijo hacia el bosque. Camino entre los pinos como si necesitara perderme en ellos. Camino con la seguridad de poder hallar en ese bosque una explicación coherente de lo que ocurrió. Como si fuera a toparme con las cortinas de terciopelo rojo del bosque de Twin Peaks y pudiera atravesarlas para encontrarme con el gemelo bueno del Agente Cooper. Con su disposición y diligencia, el Agente Cooper podría ayudarme a tener claridad, a secuenciar correctamente todos los eventos. Porque, a esta altura, sólo una persona de su talante podría proporcionarle consuelo a esta angustia de no saber. 

De pronto estoy de regreso en la cama. Camila echada a mis pies sobre la colcha. El sol de la mañana entra por la ventana, que abierta de par en par deja pasar una ráfaga de viento que bate la cortina haciendo un ruido particular, un latigazo de aire. 

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