(Por: Felipe González)
Leo que la Casa del Migrante San Juan Diego, en Tultitlán, cierra sus puertas definitivamente.
Se acabó el apoyo humanitario y solidario de la Diócesis de Cuautitlán, que administraba y operaba este espacio en el que los migrantes centroamericanos encontraban un lugar para el descanso, la comida y el aseo.
Es lamentable el cese de actividades de la Casa del Migrante. Es lamentable que la iglesia Católica sea quien decide dejar de prestar (presionada) la ayuda humanitaria.
Se entiende la molestia de los vecinos: los señalamientos contra migrantes que cometen delitos —que los han cometido nadie puede negarlo—, el temor a los grupos de centroamericanos que se reúnen cerca de los patios de trenes de Lechería, la fama de los Maras, el miedo al desconocido y la mendicidad a la que recurren los viajeros. Pero también hay que señalar la xenofobia y el acoso contra quienes ayudan a esos seres humanos extraños que hablan raro, huelen mal y andan de pedigüeños.
Así es la naturaleza humana. Pero lo malo es que los representantes en Cuautitlán de una institución que proclama la ayuda al prójimo como uno de sus principales paradigmas, cedan, claudiquen y bajen la cortina de un centro de ayuda humanitaria. Dar posada al peregrino, señala una de las obras de misericordia que parecen haber olvidado.
Y ni hablar de aquello de dar de comer al hambriento y dar de beber al sediento.
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