(Por: Felipe González)
Entre los deberes que uno tiene al redactar un artículo —o columna— diario, se encuentran abordar temas de actualidad y de gran relevancia.
Por lo tanto, algunas de las menudencias que se publican habitualmente en este tercio de plana no cumplen con los cánones no escritos. Sin embargo, hasta ahora no he recibido reclamos por redactar —y que se publiquen— lo que se me da la gana. Lo que significa dos cosas: que a nadie le importa lo que aquí aparece o que los tiene sin cuidado si me refiero al insigne Roderick McKinnonberger o al no menos interesante cometa Lulin.
Sin embargo, en este tercio de plana debería haber aparecido ayer algo sobre Barack Obama, hoy presidente de Estados Unidos de América. Y si no lo hice es porque no se me vino en gana y porque me resultó más importante mi afición taurina —al fin que al presidente gringo no lo veré nunca de cerca y a los toros asisto constantemente—.
Pero la actualidad se impone. Así que diré que me parece el primer presidente negro de Estados Unidos.
Por principio de cuentas, no me parece negro sino entre azul y buenas noches. Su mujer, de hecho, es más negra, aunque no tanto como mi conciencia.
Enseguida me parece muy ojón para paloma, aunque tiene una alta expectativa y un grado superlativo de confianza entre los estadunidenses. Nomás les digo que ayer el diario The Washington Post —nótese que me empapo de los medios internacionales— publicó una encuesta donde se señala que 78 por ciento de los gringos confía en su nuevo presidente y eso es el mayor grado de confianza con el que ha comenzado su mandato un presidente estadunidense.
Desde luego que esa gran confianza se puede revertir. Como dicen en mi pueblo: le puede salir el tiro por la culata o se le puede voltear el chirrión por el palito. Es que ante tan gran expectativa, un fracaso sería monumental. Desde luego, espero que no sea así.
Y diré también que me parece que si George Bush junior, que era como subnormal profundo, pudo gobernar, Barack Obama puede hacerlo mejor.
De su discurso, me quedó con el último párrafo: “Ante los peligros comunes, en este difícil invierno de nuestra vida, recordemos estas palabras. Con la esperanza y la virtud, vamos valientes a soportar una vez más las corrientes heladas y las tormentas por venir. Que quede dicho a los hijos de nuestros hijos que cuando nos pusieron a prueba, rechazamos dejar esta jornada final, que no dimos marcha atrás ni tampoco fallamos, y con los ojos fijos en el horizonte y la gracia de Dios, llevamos adelante ese gran don de la libertad y lo entregamos seguro a las generaciones futuras”.
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